J.L. Fernandez's Blog

Interviews, articles, and other synthetic delusions of the Electric Head

Dylan, el impostor

Posted by jlfercan en julio 17, 2009

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“Siempre he pensado que Bob Dylan es un farsante. Desde luego, no es muchacho que interpreta canciones líricas. Es un oportunista que quiere hacer carrera y sabe muy bien adonde va. Además, es un hipócrita. Nunca he entendido por qué le gusta a la gente. No sabe cantar”. Truman Capote

El excelente “No direction home” de Martin Scorsese, volvía a poner sobre el tapete una cuestión que nunca ha sido aclarada del todo: la de cuál fue el paradero de aquel joven idealista comprometido con las causas de su época en los primeros 60, y que se pavoneaba con aires de rockstar pocos años más tarde, en la película “Don’t look back”. “Nunca me sentí identificado con las actividades de los grupos radicales de aquella época”, sentencia Dylan frente a las cámaras, reavivando la vieja polémica. Porque la electrificación no sólo trajo consigo un cambio en el sonido, sino también en la actitud, en la relación de Dylan con su propio público. Un misterio que quizá nunca solventemos del todo, pero del que podemos sacar en claro el escaso compromiso que sentía el artista hacia la comunidad Folk de la que formaba parte, y que le había convertido en una estrella.

Su reciente autobiografía “Cronicas. Volumen 1” aporta algo de luz en torno a esta cuestión, pero como no podía ser de otra manera, el ansia de justificación es más que evidente, y se centra en la insoportable presión que trajo la fama. “No tenía nada en común con aquella generación a la que supuestamente representaba”. Con bastante sentido del humor, el artista describe su desesperación ante la demencial mitomanía de muchos de sus fans, reunidos ante su casa día y noche, exigiéndole encabezar cada manifestación, ya fuera por la paz mundial o la subida del recibo de la luz, mientras que él no pretendía más que componer canciones. Otras crónicas de la época hablan de fans colándose en su casa para fotografiarle mientras dormía, cartas amenazantes, e incluso un tipo que robó su basura todos los días durante meses ¡y llegó a escribir un libro sobre su contenido!. La presión fue tal, que el artista terminó prácticamente recluído en su hogar rodeado de armas de fuego, por lo que es comprensible que, en un momento dado, decidiera olvidarse del compromiso social y de guiar multitudes.

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Pero eso no empaña el hecho de que, pese a todo, haya algo de impostura en aquella primera etapa de su carrera, y de que tengamos la sensación de que, pese a todo, Dylan utilizase el Folk como una plataforma en la que impulsarse, sabedor de su talento y su capacidad para tocar la fibra sensible de la gente. Y eso es lo que muchos no le perdonan. En “No direction home”, se deja entrever esa sensación, la de un arribista que se introduce en una escena musical en alza a su llegada a New York, pero dispuesto a pisar a quien fuese necesario para llegar hasta lo más alto. Poniendose el disfraz de Bob Dylan, el working class hero luchador contra las injusticias, bajo el que residía Robert Zimmerman, el ególatra cínico que quería ser Little Richard.

Eso no significa que su pasión por el Folk no fuese real (en Minnessota, Dylan había crecido escuchando este tipo de música en la radio, y al igual que el Country o el Blues, significaba mucho para él), y posiblemente le preocupasen sucesos como Vietnam o la lucha por los derechos civiles. Pero al mismo tiempo, da la impresión de que más que actuar ante multitudes de incondicionales, aquel jovencísimo trovador tuviese la sensación de estar ante un rebaño, susceptible de enloquecer ante las proclamas musicadas en sus composiciones monocordes. Dylan utilizó, en cierto modo, a Guthrie, Seeger y a su público, para convertirse en el intérprete de moda, asi como a Joan Baez, a la que encandiló para protagonizar una historia rosa de ensueño entre los dos cantatuores folkies de moda, pero contra quien arremetería con estremecedora crueldad cuando todo  terminó. En años posteriores, llegó incluso a desdecirse sobre muchas letras de aquella etapa, llegando a declarar que “Masters of war” no era un tema antibélicista (?) sino sobre el abuso de poder.

Mucho de lo referente a ese primer Dylan parece impostado. En primer lugar, su origen nada tenía que ver con esa imagen de vagabundo, de chico de la calle que exhibía en debut y en sus primeras actuaciones. Sus discursos entre tema y tema fueron parte de la construcción de un personaje, el de ese chico de clase baja del medio oeste que venía a subsistir en las calles neoyorkinas imitando a sus ídolos. Incluso su acento era una modulación exagerada, algo paleta, con el objeto de esconder su origen judío e imitar la dicción de Woody Guthrie, y conseguir asi credibilidad extra ante el público folk. Pero el Robert Zimmerman real no era sino un chico de clase media, con estudios universitarios y amplio acceso a la cultura, lo que permitió ese dominio del lenguaje tan especial, que se convertiría en su marca de fábrica.

En cuanto a su nombre artístico, popularmente se asocia a la admiración que Bob sentía por el poeta Dylan Thomas. Esa idea fue desbancada por Robert Shelton en su libro “No direction home: the life and music of Bob Dylan”, y la verdad es mucho más decepcionante. En realidad, Dylan jamás había sentido interés alguno por Thomas, y eligió su nombre debido a Matt Dillon, no el conocido actor, sino un sheriff de una exitosa serie de tv de la época, titulada “Gunsmoke”. Bien es conocida la afición de Dylan por el mundo de los cowboys y la mitología del Oeste, y ese fue su motivo real. Aunque como señala Paul Williams en su trilogía de libros sobre el artista, probablemente en una comunidad con tantas ínfulas intelectuales como la Folk neoyorkina, fuese más productivo para él identificarse con un joven poeta galés muerto prematuramente, que con un cowboy de una serie de medio pelo.

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Otro mito tiene que ver con la celebérrima actuación en Newport en 1965, donde supuestamente Dylan fue abucheado al presentarse por primera vez con banda eléctrica, al empezar su show con “Maggie’s Farm”, delante del público Folk más purista del país. En realidad, y pese a que efectivamente, muchos de los fans no aprobaron el cambio, testimonios de asistentes aparecidos en los últimos años revelan que los abucheos iban encaminados más bien hacia el técnico de sonido, en protesta por la mala ecualización y el sonido excesivamente bajo (aunque la imagen de un genio incomprendido enfrentandose a su público sea infinitamente más romántica). Y sobre ese show en particular, todavía es más cachonda la historia que habla de un enfurecido Pete Seeger, adalid del pacifismo y la tolerancia, buscando un hacha en el backstage para cortar el cable de la guitarra eléctrica y terminar con aquel escándalo. Algo que, como no podía ser de otra manera, el propio Seeger lleva años desmintiendo.

No es intención de este artículo cuestionar en modo alguno lo que nuestro protagonista ha hecho desde que decidiera colgarse aquella guitarra eléctrica, pero sí advertir que las polémicas más sonadas que ha protagonizado este hombre tienen que ver con la generalización y los tópicos que sus fans se han formado sobre él. Y ya no digamos en nuestro país, donde se le ha juzgado desde una perspectiva de “cantautor izquierdista” que, como siempre que se juzga a un icono artístico desde parámetros culturales ajenos, tan poco aporta a la visión de su carrera.

Tenemos motivos para sospecharlo, que quizá Robert Zimmerman se construyó un personaje llamado Bob Dylan y que alcanzó el estrellato a través de la invocación de altos ideales que quizá no significaban gran cosa para él. Pero también sabemos que estamos ante un ser contradictorio, esquivo, que parece regodearse jugando con la imagen que la sociedad soe fabrica sobre él, para romperla en mil pedazos y renacer mediante otra interpretación vibrante e inédita de esas canciones que han marcado la historia. Un hombre que quiso ser estrella de Rock, predicador religioso, y escritor surrealista, entre tantas otras cosas. Y que como evidencia el reciente y excepcional “Modern times”, sigue siendo un impostor. Su nueva identidad es la de ese viejo bluesman errante de presencia fantasmagórica, decidido a hurgar en el baúl de la música popular y las canciones de dominio público perdidas en el tiempo, avanzando lentamente hacia el cruce de caminos donde Robert Johnson vendiera su alma al diablo tiempo atrás en una calurosa noche de luna llena.

J.L. Fernandez, 2007. Publicado en el nº 410 de la revista Popular 1, dentro del artículo retrospectivo “Bob Dylan: enmascarado y sin nombre”, escrito por Hector G. Barnes, J.L. Fernandez y Valentín Calderón.

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