J.L. Fernandez's Blog

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Sam Cooke, fuego en la noche

Posted by jlfercan en julio 17, 2009

Es 12 de enero de 1963 y la tensión se respira en el ambiente. Una multitud enfervorizada abarrota el Harlem Square Club de Miami para ver en directo a la voz negra más importante del momento. Mr. Soul ha llegado a la ciudad y en pocos minutos llevará a cabo la actuación más salvaje de su carrera. Es el artista negro más importante de su generación, gana millones y vuelve locas a las mujeres. Lidera la lucha por los derechos civiles y se relaciona con Muhammad Ali o Malcom X. Es un triunfador absoluto y un ejemplo de superación para los de su raza, y no parece que nada pueda interponerse en su camino. Para todos los que nunca estuvimos allí, acaba de reeditarse el volcánico “Live at the Harlem Square Club, 1963” de Sam Cooke, uno de los mejores álbumes en directo que se hayan grabado jamás. Muchos otros  hicieron música. Él hizo historia.

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Sam Cooke actúa en Miami para grabar su primer disco en directo y no puedes desperdiciar la ocasión. Sus hits suenan en todas partes y los rumores que te han llegado no pueden ser mejores: muchos afirman que su directo es puro fuego y se aleja del sonido tan pulido de sus grabaciones en estudio. Al traspasar la puerta del Harlem Square, la clase de local donde un blanco no pondría sus pies jamás, notas que el ambiente es distinto esta noche. El local está más concurrido y se palpa la expectación, esa tensión que sólo surge en las grandes ocasiones. Todavía falta un rato para la hora señalada, pero la normalmente cochambrosa parte de atrás del nightclub está hoy reluciente. Incluso parece que los ceniceros hayan sido cuidadosamente lavados para la ocasión y no queda ni un sitio libre para sentarse.  Ha venido más gente de la habitual, y todos apuran sus primeros tragos. Quieren ver con sus propios ojos a ese artista de color del que habla todo el mundo, que despierta furor entre los blancos y se ha atrevido a cantar sobre temas sociales. Hay también muchas mujeres, que se van impacientando progresivamente a medida que se acerca la hora para que su ídolo salga a escena. Pero Sam es alguien que despierta pasiones encontradas: muchos le odian, ya que es uno de esos descarados cantantes de gospel que tuvieron la osadía de utilizar la música del Señor para cantar sucias canciones de amor, pero tú sabes que tanto él como Ray Charles están haciendo lo correcto. Amantes o detractores, todos llenan el Harlem Square esta noche. Suenan los primeros aplausos. Basta de reflexiones, una tenue luz ilumina el escenario. Se acerca la hora de la verdad.

Ante una audiencia con los nervios a flor de piel, uno de los encargados del night club, ataviado con un smoking, ejerce de presentador ésta noche. “Señoras y caballeros, dejenme presentarles a la estrella de esta noche, tengo aquí al hombre al que están esperando. ¡Mr. Soul!.¡Reciban con un gran aplauso a Sam Cooke!”. Una luz te ciega e intuyes a una figura acercarse al borde del escenario. Los gritos histéricos lo llenan todo, pero le reconoces. Esta noche no lleva el smoking con el que suele aparecer cada vez que actúa en televisión, sino que viste una camisa roja semiabierta. Su chulería y carisma se hace evidente desde el mismo momento en que toma el micro. “¿Cómo va todo por ahí?. Intenta decir unas palabras pero el griterío que se forma es tal que a duras penas puede continuar. No os oigo, ¡he preguntado que como va todo por ahí!. Bien, esta noche no quiero peleas aquí, ¡quiero que todos lo sintamos juntos!. Unos redobles y se arranca con una versión de “Feel it” que es puro fuego. Durante la interpretación del tema, Sam gesticula, suda y calienta más y más al público con la energía de un predicador. Si, como dicen, ésta es la música del diablo, pronto bailaréis todos en el infierno. Cada risa entre frase y frase, cada chasquido de dedos, forma parte del espectáculo. Muy pocos pueden atraer toda la atención del respetable con gestos tan sencillos. El tema termina de golpe para inmediatamente después arremeter con una versión salvaje de “Chain Gang”. Definitivamente, este no parece el artista que ha colado dulces baladas como “Wonderful World” o “You send me” en las listas de todo el país. Es su voz, pero suena totalmente descarnada, y la sala es ya un hervidero de humo, palmas y gritos a los que el propio Cooke incita desde las tablas. La letra del tema es todo un canto al orgullo negro, recordando los cantos de trabajo de los esclavos del siglo pasado y los trabajos forzados de los esclavos de éste. Y pensar que algunos se empeñan en compararle con Smokey Robinson… No, hay muchos Smokey Robinson, pero sólo un Sam Cooke, o una Lady Day, y la pasión con la que convierten la frase de cada estrofa en suya es algo irrepetible.

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A continuación llega “Cupid”, una tórrida balada que hace las delicias de las señoritas presentes. Sam se pone tierno sin perder la elegancia ni esa arrogancia suya tan característica, y descubres la razón por la que la mitad de hombres negros que conoces le envidian y la otra mitad quiere parecerse a él: sabe tratar a las mujeres, y todas parecen a punto de enloquecer. Y precisamente a ellas va dedicada el siguiente número, “It’s allright”, no sin que antes el artista acalle los gritos, se ponga serio y todos recibamos un valioso consejo: si alguien te dice que tu chica te está engañando, no vayas a casa y le des de ostias, aunque te mueras de ganas de hacerlo. Cálmate un poco, despiértala suavemente y dile que todo va a salir bien. Desde luego, sabe como hay que tratarlas, y enlaza el final del tema con el estribillo de “For sentimental reasons” que toda la concurrencia grita a pleno pulmón como si de una misa gospel se tratase.

Con el público en el bosillo, Sam no tiene nada que perder, y cuando llega el turno de “Twistin’ the night away”, alarga la versión hasta el paroxismo. No importa que ni siquiera esté respaldado por su banda habitual, que la sección de viento haya tenido que ser sustituida por el grupo del saxofonista King Curtis y éste tenga que interpretar un extenso solo al final de la pieza. Estamos hablando del hombre que se atrevió a denunciar la marginación de los artistas negros. Del primero que creó su propia compañía discográfica para que ningún ejecutivo de tres al cuarto le robe lo que ha ganado con su talento. Del primero que rindió tributo a Billie Holiday. Pese a todo, es increíble que su voz sea dulcificada en estudio con baladas sensibles y arreglos de cuerda. Asusta pensar que mientras todos esos chicos blancos del rock and roll intentan imitar a Little Richard desgañitándose, para que un negro triunfe en las listas blancas deba llenar su sonido de violines y arreglos de piano.

A estas alturas del show ya no deseas estar en ningún otro lugar del mundo ésta noche. Mr. Soul creció en el coro de la iglesia cantando al Señor, y va a demostrar cómo elevar las almas y convertir a los ateos en creyentes. Desde el modesto púlpito del Harlem Square, está a punto de registrar una de las tomas en directo más estremecedoras que se hayan grabado nunca. Es el momento estelar de la noche, el de su hit “Bring it home to me”, pero antes el soulman jugará un poco con la audiencia. Va a hablaros sobre su chica. Pide silencio y todos escucháis. Su chica se ha ido, él intenta llamarla pero no parece estar en ningún sitio. Se arrodilla y reza para que vuelva, y cuando parece que es el turno de “You send me”, arranca con un febril “Bring it home to me” al borde del colapso nervioso. Los gritos de histerismo se suceden, y al llegar al estribillo, Sam se vuelve a convertir en el predicador que nunca dejó de ser, para que su chica, allá donde esté, oiga todas vuestras plegarias. “¡Quiero oiros a todos esta noche, dadme un yeah!”. Y vaya si se lo dais, esos “yeah”, más propios de una misa baptista que de un concierto, son solapados por los gritos de Cooke, que parece a punto de desgarrarse las cuerdas vocales. Cuando el tema finaliza, no hace falta decir nada: acabas de presenciar un momento histórico.

Y como colofón, ¿quien necesita un oportunista hit si eres Sam Cooke?. La elegida es “Having a party”, un tema pegadizo sin más, incluso algo tontorrón, que debido al grado de excitación compartida entre artista y público, te hace pensar que el local corre peligro de venirse abajo, que después de ésta noche nadie se atreverá a volver a poner los pies en ese escenario. Más chulesco que nunca, Sam reclama atención en cada estrofa, como si hubiera algunos ojos que no estuviesen fijos en él. El presentador vuelve a salir para despedirle pero la gente se niega a que aquello termine. Todos siguen cantando con él deseando que el extraño ritual no se acabe nunca. Él fundó la Iglesia del Soul y ésta es su ceremonia, que sólo puede glorificar el pecado. Aleluya, hermano, porque tú y yo estuvimos allí para contarlo.

WHO’S THE BIGGEST COOK IN TOWN?

“La actuación de Sam Cooke en el Harlem Square es una de mis grabaciones en directo favoritas de todos los tiempos. Captura la esencia y la fuerza de su apasionado talento, y en momentos es también un disco íntimo. Puedes oír su voz quebrarse, y la locura de una audiencia que está a sus pies, envalentonándole, gritando por él en cada canción”. Rod Stewart

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“Live at Harlem Square Club, 1963” es uno de esos discos malditos que los fans pueden saborear después de décadas de espera. En efecto, pese a ser grabado en el año que indica su título, la discográfica, RCA, lo mantuvo oculto ¡hasta 1985!. Las tensiones entre la compañía y el artista se produjeron antes incluso de la grabación, ya que el disco en principio se llamaría “One night stand” y mostraría a Cooke interpretando sus temas más conocidos, dulces canciones para todos los públicos como “Only sixteen” o “You send me” y versiones de hits negros de la época. Hasta el momento, su carrera tenía más que ver con Nat King Cole que con Little Richard, y la compañía quería mantener esa imagen accesible de él. Es evidente que nuestro protagonista se la jugó entregando un producto tan salvaje como éste, y el rechazo de RCA fue inminente. El Cooke de Harlem Square no tiene nada que ver con el Cooke de estudio en una época en la que el famoso “wall of sound” de Phil Spector copaba las listas, y sí mucho con las crudas producciones que la factoría soul Stax popularizaría pocos años más tarde. El disco en directo por el que se decantaría la compañía sería el posterior “Live at the Copa” (1964), grabado en el club Copacabana neoyorkino, que mostraba a un Cooke mucho más comedido en formas, aunque incluía varios temas con contenido social en el repertorio y versioneaba a Bob Dylan o Pete Seeger. Parece que incluso hoy en día “Live at the Copa” sigue siendo tratado como un disco clásico (lleva años reeditado), y “Live at Harlem Square Club” está condenado a ser un álbum de culto para los fans más completistas. Y sin embargo, es un disco a la altura de otros totems como el “Live at the Apollo” de James Brown, “In person at the whiskey a go-go” de Otis Redding, o “Live at Star Club, Hamburg” de Jerry Lee Lewis, uno de los pocos discos de artistas blancos capaz de hacer sombra a la potencia de estos trabajos. ¿sonido Detroit? ¿high energy?, meros aprendices en comparación con lo que podemos escuchar aquí.

Suele compararse a Cooke y a Otis Redding como intérpretes constantemente, es el viejo debate de los aficionados al soul, quienes suelen valorar la elegancia y profundidad de la voz de Cooke, pero consideran a Redding como el auténtico prototipo de soulman, salvaje en los temas rápidos y apasionado en las baladas, así como más afín a los postulados del rock n’ roll. Esta nueva reedición de su mejor directo volverá a despejar cualquier duda: no hay Redding sin Cooke. Sólo hay que recordar que en “Otis Blue”, el que está considerado como mejor álbum de Redding, ¡medio disco es de versiones de Sam Cooke!. Estamos hablando de maestro y alumno: Sam era el modelo a seguir para Redding, y cuando éste estaba grabando el disco llegó la noticia de su muerte, por lo que Otis decidió basar el trabajo en el repertorio de su gran ídolo.

Y es que si por algo destacó Sam, además de por su elegante y prodigiosa voz, fue por su insolencia. Su fama de mujeriego le acompañaría hasta el final de su vida, y sus modos causarían gran desconcierto en la sociedad de su tiempo. Ahora que Internet nos permite recuperar filmaciones clásicas que ni siquiera llegaron a editarse en nuestro país, es sorprendente observar la actuación de Cooke en el programa estrella de la TV americana de los 60, el Ed Sullivan Show, interpretando “You send me”. En principio, un número muy standard y un plano medio, en el que aparece vestido con un impersonal smoking. Pero sólo hay que observar como saca provecho de algo tan limitado. Estamos a principios de los 60. ¿Qué pensaría el prototípico habitante de Nebraska de la época, simpatizante en secreto del Ku Klux Klan, aterrorizado por la amenaza comunista y por la posibilidad de que los de color puedan usar algún día el mismo retrete que él, mientras ese negro insolente guiña el ojo a su mujer e hijas mientras éstas ven su programa favorito?.

La grabación del que sería durante años su único “live” oficial, “At the Copa”, tampoco estuvo exenta de polémica. Tras décadas en las que los artistas de color entraban a estudios y escenarios por la puerta de atrás, él iba a actuar en el Copacabana neoyorkino, y lo haría con la cabeza bien alta. Además tenía en New York la espina clavada de ser una de las pocas ciudades en las que no había conseguido triunfar en directo, ya que al parecer había actuado allí y un par de veces y el público le había recibido con indiferencia. Para alguien con una confianza en sí mismo tan brutal como él eso era algo impensable, y no estaba dispuesto a irse de la Gran Manzana sin que esta se rindiese a sus pies.

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Cuando se acercaba la fecha de su actuación, los neoyorkinos observaban con sorpresa una gran pancarta en Times Square donde se podía leer “Who’s the biggest cook in town?”. se gastó diez mil dólares de la época de su propio bolsillo para la pancarta, y fue una estrategia publicitaria perfecta, un sencillo juego de palabras entre su apellido y la palabra “cocinero” que tuvo a los habitantes de la ciudad en vilo. Días más tardes, fue sustituida por un cartel todavía más grande, donde se observaba una enorme imagen del artista y que rezaba “Sam’s the biggest Cooke in town”. Esto supuso un pequeño escándalo, Sam ni se atrevió a proponérselo a la compañía en su momento previendo una negativa, así que simplemente se gastó un dineral en su propia publicidad y los responsables de la discográfica tuvieron que dar explicaciones a la prensa posteriormente. La maniobra fue un éxito absoluto: Demostró que era el más grande, el Copacabana se llenó y el artista se fue de New York con la sensación de haber triunfado por todo lo alto.

A CHANGE IS GONNA COME

Además de por su talento ante los focos, Sam será recordado siempre como un revolucionario, que cambió las reglas del juego desde dentro, permitiendo para los músicos de su raza avances impensables antes de su aparición. En unos años en los que América se enzarzaba en la ácida discusión en torno a los derechos civiles y empezaba a aflorar el descontento causado por Vietnam, el soulman supo estar a la altura de las circunstancias, erigiéndose en defensor de los derechos de los suyos y uniendo en torno a sus canciones a un público compuesto indistintamente por blancos y negros (aunque eso no sucediese en la mayoría de locales en los que actuaba). Fue el colofón a un duro camino que empezó en el coro de una iglesia en el estado de Mississippi (su padre, como suele suceder en estos casos era predicador), tras lo que llegó la experiencia con el grupo gospel The soul stirrers. Obviamente era música fuertemente segregada, pero la ambición de Cooke le hacía presagiar que no había motivo alguno por el que la música tuviese que estar dividida por razas. Ese era su sueño, y viendo la influencia posterior que ha tenido su obra, no sólo en Otis Redding, sino en los Beatles, Stones, etc, no podemos sino calificarle de visionario.

Tengamos en cuenta que, al contrario que la mayoría de sus compañeros de raza, él no publicaba su música en sellos  marginales, ni en compañías “ghetto” como Motown, Stax o Atlantic, sino que grababa con la todopoderosa RCA. Consciente de lo complicado que estaba el panorama musical para los cantantes negros, se destapó como un brillante hombre de negocios, utilizando buena parte de la fortuna que estaba ganando en la creación de su propio sello discográfico, SAR, así como una editorial musical (Kags), donde descubrió, entre otros, a Bobby Womack, al mismo tiempo que ponía como requisito para seguir grabando con RCA el poseer los derechos de todas sus canciones. Esto le convirtió en lo único que los americanos temían más en esa época que la Unión Soviética: un negro con poder. Consecuentemente, comenzó a ser tratado como una auténtica estrella por su compañía, que puso a su disposición todo tipo de medios, y algunos de sus últimos álbumes, como “Night Beat”, tienen algunas de las producciones más sofisticadas de su carrera.

Pero el artista decidió no quedarse de brazos cruzados en su torre de oro y poder, mientras vivía en un país que seguía discriminando a sus ciudadanos por cuestión de raza, mientras muchos de los suyos morían en combate por un país que ni siquiera los trataba como ciudadanos de pleno derecho. Fue uno de los primeros en negarse a actuar delante de audiencias segregadas, lo que suponía pérdidas cuantiosas para los músicos y denuncias por incumplimiento de contrato a la compañía, así como amenazas anónimas de muerte durante el resto de la gira. También se involucró de lleno en la lucha por los derechos civiles, manifestando su posición en público cuando le era posible, y donando fondos para campañas a su favor. Además su condición de estrella le permitió conocer a Marthin Luther King, y mantuvo una larga amistad con dos de las figuras más importantes de su tiempo: Malcom X, que intentaba convencerle de que se convirtiera al Islam, y un jovencísimo Cassius Clay, antes de cambiarse el nombre a Muhammad Ali. De hecho Clay, el día que ganó el título de los pesos pesados contra Sonny Liston, declaró a la prensa que así como él era el campeón, Sam Cooke era “el más grande, el mejor cantante del mundo”. El boxeador llegaría a cantar con su ídolo en directo durante un programa de televisión en el que ambos coincidieron, en 1964, interpretando el tema “The gang’s all here”, frente a miles de telespectadores: había llegado la era del poder negro.

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Cooke intuyó también el potencial del incipiente rock n’ roll, y tras escuchar por primera vez a los Stones (la potente versión que Jagger y compañía habían hecho del “It’s all over now” popularizado por su protegido Bobby Womack), pronosticó que aquellos blancos sucios y raquíticos cambiarían la industria musical para siempre. Además empezó a empaparse de los aires de libertad que traía esta música, y en cuanto escuchó a Dylan, comenzó a interpretar en directo “Blowin’ in the wind”, afirmando que cuando la oyó por primera vez no se podía creer que un blanco pudiese escribir letras como esa. En su directo en el Copacabana, interpreta además de esta, “If I had a Hammer”, de Pete Seeger, considerada poco menos que un himno comunista.

Uno de sus mayores éxitos, “Chain Gang”, tenía referencias a la esclavitud, pero su canción definitiva en ese sentido sería “A change is gonna come”, considerada aún hoy en día un auténtico himno contra la discriminación. Fue su obra maestra como compositor, y por desgracia, una de las últimas canciones que grabaría en vida. La idea de la canción surgió a raíz de dos factores: los discursos de Luther King y las letras de Bob Dylan. La interpretación de ese tema es tan dramática y esperanzadora a la vez que todavía sobrecoge. Escuchándola presentimos por donde hubiera ido su carrera de haber seguido vivo. Es una de esas escasas canciones perfectas. El cambio que Cooke anhelaba acabaría llegando, aunque para el sería demasiado tarde.

CASO ABIERTO

La muerte le llegaría a los 33 años, en un cochambroso motel de Los Angeles llamado Hacienda. Todo parece indicar que fue una combinación de imprudencia por parte del artista y mala suerte, pero a día de hoy, muchos interrogantes siguen abiertos.

Los incidentes ocurrieron el 11 de diciembre de 1964, cuando Cooke llegó a dicho motel con una mujer llamada Elisa Boyer, que había conocido en una fiesta celebrada horas antes. Nada extraño teniendo en cuenta la fama de mujeriego que rodeaba al cantante. Casado y con hijos, se sabe que tuvo varios hijos ilegítimos y cometió todo tipo de infidelidades consentidas por parte de su mujer. Para colmo, la muerte de su hijo pequeño, un bebé de pocos meses, ahogado accidentalmente en la piscina de su casa, había hecho caer en picado su matrimonio. Esa noche, la que iba a ser una más de sus conquistas acabaría llevándole a la tumba. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: la mujer escapó en plena noche con la ropa y el dinero del cantante, y éste bajó hasta la recepción semidesnudo, buscándola y vociferando. La recepcionista salió de su apartamento tras oír el alboroto y se encaró con Sam. Tras un forcejeo, le disparó varias veces y luego le remató en el suelo golpeándole la cabeza con un palo. Sus últimas palabras fueron “Lady, you shot me”, con absoluta expresión de sorpresa.

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La versión oficial, con la que se dió carpetazo al caso, es que Cooke había intentado violar a Boyer tras secuestrarla, y que ésta escapó llevándose sus ropas para no ser seguida, y que la recepcionista había cometido homicidio involuntario al encontrarse a un hombre semidesnudo en plena noche vociferando y encarándose con ella. Desde luego, debido a la fama del soulman en ese momento, su familia tuvo como prioridad acabar con el asunto cuanto antes y olvidar lo sucedido, y el caso se cerró relativamente pronto.

En un país tan dado a las paranoias conspiracionistas como Estados Unidos, han corrido teorías de asesinato durante todos estos años, dando a entender que Cooke fue asesinato debido a su papel de potencial líder de la comunidad negra y a sus relaciones con personalidades “peligrosas” como Malcom X. Y es que desde el punto de vista actual, la explicación oficial de su muerte hace aguas por todas partes. Si el soulman quería violar a la tal Elisa Boyer, ¿por qué se registró esa noche en el motel con su auténtico nombre?, ¿por qué la dejó a solas en la habitación mientras él utilizaba el baño (momento en el que ésta escapó)?.

Años más tarde, Boyer sería detenida varias veces por prostituirse en plena calle, e incluso declararía como imputada en una investigación por asesinato. Nuevos datos aportados por los familiares de Cooke en los últimos tiempos parecen dar una explicación más fiable que la teoría del complot para asesinarle. El complot, en todo caso, estaría elaborado por el motel, un antro especializado en alojar a prostitutas, en el que presumiblemente éstas robarían a sus clientes con el consentimiento de los propietarios, a cambio de parte de la recaudación. Parece un argumento de novela negra barata, pero de no ser así, es poco verosímil creer que de tratarse de una cita normal alguien en la posición de Cooke llevase a la chica a un motel de tres dólares la noche, por lo que Sam Cooke fue víctima únicamente de lo que en principio iba a ser una pequeña estafa, y que terminó en tragedia por la deriva que tomaron los acontecimientos.

Y sin embargo, la lista de coincidencias no deja de ser curiosa. En el período de tiempo en que Cooke murió, fueron asesinados también Martin Luther King, Malcom X o Kennedy. ¿Una reacción de la América más reaccionaria a los nuevos vientos de cambio?. Sea como fuere, un negro en la posición de Cooke suponía un molesto grano en el culo del sistema: un talento sin igual que le había ayudado a ganar una fortuna, y una brillante mente para los negocios que le permitía controlar poseer los derechos de sus canciones y un sello discográfico propio. Además se hallaba en su época más comprometida tras grabar “A change is gonna come”, y todo parecía indicar que seguiría en esa dirección. Marcaría, sin duda, el camino a seguir por los que vendrían después, y tras el surgimiento de la “british invasion”, todos aquellos prometedores grupos de chicos blancos que querían ser negros descubrirían el tesoro de su música y la de tantos otros a las nuevas generaciones. Sólo es necesario recordar lo que alguien a quien todos debemos un respeto, como Keith Richards, comentó sobre Cooke en una ocasión: “Cuando estoy en casa, prefiero mil veces antes escuchar a Sam Cooke que a los jodidos Rolling Stones”.

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Alguién que estuvo con él la noche en que murió fue el coloso del soul Solomon Burke (todavía en activo a sus ochenta y tantos años), que tenía emotivas palabras para el cantante: “Estuvimos juntos en Los Angeles la noche en que Sam murió. Yo estaba en mi hotel y un amigo me llamó para decirme que le habían asesinado de varios disparos. Pensé que bromeaba. “Sam no está muerto tio”, le dije, “estuve con él hace unas horas. Cuando lo asumí, la noticia me dejó devastado. Él significaba mucho para mí, y para todos. Para los músicos, representaba el siguiente nivel al que llegaríamos. Él iba a ser el nuevo Nat King Cole, y dejó abiertas tras de sí unas puertas a las que nunca habíamos tenido acceso antes”.

En su funeral se congregaron alrededor de 10.000 personas, y sonó “A change is gonna come”. Nosotros le recordaremos siempre, sobre el escenario del Harlem Square Club de Miami, incendiando la noche, con el magnetismo del que solo pueden hacer gala los más grandes.

J.L. Fernández, 2005. Publicado en el nº 386 de la revista Popular 1.

Una respuesta to “Sam Cooke, fuego en la noche”

  1. juan said

    Grandioso, la verdad que muy bueno. Te felicito.
    Me hubiese encantado por haber estado esa noche escuchando a Cooke.

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