J.L. Fernandez's Blog

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Sly Stone y la revolución que no pudo ser

Posted by jlfercan en julio 18, 2009

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No es fácil ser un santo en la ciudad, y menos aún serlo en el ghetto. Y en 1971, ponerse en el curtido pellejo de todo un Sly Stone es todo un reto. Jugar con la llave de la caja de Pandora tiene sus consecuencias, y en ese año, el autor de “Stand” se acercaba, inevitablemete, a su propia espiral descendente tanto física como mental. Tan sólo unos años antes, Marvin Gaye lanzaba al aire la gran pregunta, “What’s going on?”, con formas reposadas que predicaban por la reconciliación y el entendimiento. Pero los sueños de paz y amor se hundían en arenas movedizas manchadas de sangre. Los líderes negros eran asesinados, las manifestaciones pacíficas se convertían en disturbios violentos, y la defensa por los derechos civiles que antaño se había basado en las tesis del doctor Martin Luther King habían sido sustituidas por la defensa armada que representaban los Panteras Negras. Los 70, tiempos convulsos, excesivos y oscuros. Años en los que Soul y Funk perdían empuje en detrimento de la Disco Music. Escasa imaginación que se diluía entre montañas de cocaína, disimulada por un ambiguo contenido social como última intentona para reflejar el signo de los tiempos. De las Supremes a Curtis Mayfield, era hora de mojarse y que los representantes de la antaño “sweet soul music” mostrasen su cara más combativa. Y Sly contestaría de forma tajante a la pregunta de Mr. Gaye: lo que hay en marcha, Marvin, es una revolución (“There’s a riot going on”, 1971 ) con la que titularía su álbum más oscuro, hermético y desencantado. La que sería a la postre su última obra maestra.

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Fue también la última parada de su particular exploración sonora. Multiinstrumentista y genio de la fusión, el suyo fue un talento sin parangón, comparable únicamente al de George Clinton o Isaac Hayes (o posteriormente a Prince) en términos de riqueza y versalitidad. Y acompañado por su multirracial familia musical, levantó en los 70 todos los puentes capaces de unir el soul con el pop, el funk con la psicodelia, para integrarlos en una discografía exhasperante y revolucionaria. Y es que si algo queda claro al escuchar discos como “Stand!”, “Dance to the music” o “Life”, o al ver imágenes de su actuación en Woodstock, es la sensación de mediocridad que rodea a la música negra actual si la comparamos con un pasado no tan lejano.

Por supuesto, su condición de genio precoz no implicaba un carácter precisamente fácil, y el final de todo lo que los 60 habían significado se tradujeron en una profunda desilusión que Sly plasmaría en su siguiente obra. Inmerso en su papel de excéntrica estrella millonaria, cobró el adelanto de la discográfica y se encerró en su mansión durante meses. En sus escasas apariciones en directo trató al público con el mismo desdén con el que solía dirigirse a sus músicos. Y su irrefrenable adicción a la cocaína y a otro tipo de sustancias, además de acusaciones en la prensa sobre su relación con ciertos sectores del crimen organizado y su apoyo a los Panteras Negras le convertían en blanco fácil para la prensa más reaccionaria. Parecía que, de un momento a otro, fuese a perder los papeles y a engrosar la lista de celebridades devoradas por su propio éxito.

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Contra todo pronóstico, entregó su obra más compleja y reveladora. “There’s a riot going on” se nutría de todas las frustraciones, complejos y demonios personales por los que atravesaba el artista en aquel momento, para regurgitarlos en forma de funk decadente y nocturno, diferente a todo lo que había grabado hasta el momento y a su vez enormemente familiar. Una caricatura narcotizada del monstruo, que llegaría directa al número uno estadounidense la semana de su edición. Sly se propuso editar un single que describía con sensualidad uno de los escasos temas aún no tratados en la música Pop: el incesto. ¿El resultado? La vibrante “Family Affair” (¿el tema más cocainómano de la historia?) que llegó también al número uno ante la propia estupefacción del artista. Para la historia quedan el brutal cinismo de “Love N’ Haight”, las juguetonas “Runnin’ Away” y “You caught me smilin'” o delirios lisérgicos como “Spaced Cowboy” o “Africa talks to you”. El baño de masas de la portada original parece convertirse a lo largo de la escucha del trabajo en amarga reflexión. Después de este disco llegó el también recomendable “Fresh”, y paulatinamente, el exilio voluntario. Recientemente le hemos visto en los MTV Awards, notablemente desmejorado. Amargo final para la carrera de un artista que nunca dejó de explorar y que, como le sucedía a Sal Paradise en “On the road”, acabó descubriendo que la senda que buscaba no conducía, realmente, a ninguna parte.

J.L. Fernandez, 2007. Publicado en el nº especial 400 de la revista Popular 1.

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