J.L. Fernandez's Blog

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Nick Cave & the Bad Seeds: Blues del matadero

Posted by jlfercan en julio 23, 2009

La luz ha entrado de lleno en el oscuro mundo del australiano. Acostumbrados como estamos a seguir carreras totalmente predecibles, no deja de ser sorprendente que ciertos artistas, merecidamente convertidos en vacas sagradas de la industria, sigan asumiendo todo tipo de riesgos. Nick Cave lo ha vuelto a hacer. El álbum doble “Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus” acalla todos los rumores de aburguesamiento presentes en los últimos años. Poeta de la decadencia, crooner romántico a medio camino entre Leonard Cohen y el mismísimo diablo, escritor truculento o predicador siniestro de oscuros himnos religiosos. Son sólo algunas de las caras de un artista genial, sobre cuya música planea siempre la sombra de Mr.Hyde.

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En pleno 2005, Nick Cave & the Bad Seeds son toda una institución, un clásico en vida, cuentan con el beneplácito de la crítica y con una horda de fans que compran a ciegas cualquier producto con su nombre. Decir que su carrera es enormemente sólida es algo evidente, aquellos que nos hemos pasado horas obsesionados con temas como “The weeping song”, “Loverman” o “Sad Waters” no somos capaces, a día de hoy, de ponernos de acuerdo sobre cuál es su mejor trabajo. Es uno de esos extraños casos en los que un artista sigue convenciendo tras más de veinte años de carrera, y muchos ya le sitúan en ese pequeño club de artistas intocables, con carreras extensas y en plena madurez, que siguen ofreciendo obras a la altura de su leyenda, junto a clásicos como Dylan, Tom Waits o Neil Young, pese a pertenecer a una generación bastante posterior.

Actualmente Nick Cave cuenta con el público más heterogéneo posible: gusta por igual tanto a los más rockeros como a los aficcionados sonidos mucho más mainstream, e incluso al público acomodado y poco amante de los riesgos que hoy sigue a Leonard Cohen. Si le hubieran dicho esto a los que escucharon en el momento de su edición “From her to eternity”, su primera obra en solitario, habrían pensado, con razón, que se trataba de una broma. Parecía que el demacrado y oscuro artista que ocupaba la portada de aquel álbum estaría condenado para siempre a arrastrar su condición de songwriter maldito por los escenarios más sórdidos, y sin embargo, el milagro ha sucedido. Nick Cave y sus malas semillas se encuentran en estos momentos presentando su último trabajo frente a multitudes que llenan recintos de mediana y gran capacidad en medio mundo. Una gira que, como era de esperar, deja fuera a España de nuevo, donde este tipo de escenarios parecen estar reservados, una vez más, a la enésima actuación de los Springsteen, Clapton o Knopfler de turno, pero eso es otra historia.

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La edición del álbum doble “Abattoir Blues/ The Lyre of Orpheus” a finales del año pasado, fue una auténtica sorpresa, tanto por el formato doble (en realidad más bien dos álbumes diferentes) como sobre todo por la calidad y ansias de renovación que se intuyen a lo largo de la escucha. Se trata de lo mejor que ha grabado el australiano desde “The Boatman’s Call” (1997), y esto es algo digno de remarcar. La crítica suele saludar cada nuevo trabajo del artista afirmando que se encuentra en el mejor momento de su carrera, pero la aceptación de su música por un público masivo tuvo sus consecuencias, y como suele suceder en estos casos, muchos de los fans que siguieron la obra de Cave desde sus primeros pasos, ya no están interesados en lo que hace en la actualidad. ¿Las razones? En este caso no se trata de que haya bajado el nivel o se haya vendido a la comercialidad. La razón más importante seguramente sea que para el creador de “The mercy seat”, el adjetivo “previsible” era un término imposible de aplicar a su música, y sus dos últimos trabajos rompieron por primera vez esta regla.

Es innegable que tanto “No more shall we part” (2001) como “Nocturama” (2003) eran dos buenos discos que, sin embargo, palidecían frente a lo que había hecho el artista hasta el momento. Es un caso similar al de Leonard Cohen, alguien que posee un talento inmenso, pero que se ve acomodado en una posición de artista intocable que se limita a repetir la misma fórmula una y otra vez.

En este caso no había grandes reproches que hacer a ninguno de los dos discos. “No more shall we part” era una obra sólida, donde sin embargo no había ni rastro de riesgo, pasión o las amenazadoras atmósferas de obras anteriores como “Let love in”. Era el disco más ambicioso del australiano, y prácticamente un álbum en solitario donde su banda no pintaba gran cosa. Los mejores temas del álbum eran difíciles de apreciar en una obra tan desmedida: una duración casi de álbum doble, una orquestación absolutamente barroca y un material basado casi exclusivamente en baladas y medios tiempos que, para qué negarlo, convertían la escucha entera del trabajo en un auténtico coñazo. El propio Cave llegaba a desconcertar afirmando en la prensa que consideraba el disco como un reflejo de su etapa como músico “adulto”, y que había compuesto todos los temas del álbum en una oficina alquilada a la que acudía puntualmente cada día, de nueve a cinco. Definitivamente, no era la clase de disco para los fans de su anterior etapa como líder de los salvajes The Birthday Party, o con la que había sido su primera banda, Boys Next Door, en la época en que se destrozaba las rodillas dejándose caer temerariamente sobre el escenario, alimentando una leyenda negra que no paraba de crecer, afirmando que había llegado a escribir la letra de una de sus canciones con una jeringuilla ensangrentada justo después de inyectarse heroína. Obviamente es un suicidio mantener un estilo de vida como ese, y los artistas tienen derecho a evolucionar, pero “No more shall we part” era por momentos un disco previsible y bastante monótono, sin la chispa y el riesgo de sus precedentes, aunque por supuesto, la mayoría de las críticas fueron excelentes y ya se le señalaba como el heredero de Tom Waits, cuando eso no podría estar más lejos de la realidad.

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Otro tanto sucedía con “Nocturama”, que es posiblemente su peor trabajo, una obra menor dentro de su discografía, en la que los momentos destacables eran contados y donde ni siquiera encontrabamos unos textos especialmente llamativos. Cave volvía a ser el compositor principal de todos los temas y se limitaba a acompañar las melodías al piano. The Bad Seeds pasaban totalmente desapercibidos y los fans empezaban a temerse lo peor. Incluso el que antaño fuera su mano derecha y auténtico alma de The Bad Seeds, el genial Blexa Bargeld, abandonaba el barco para centrarse en su otro grupo, Einstürzende Neubauten, auténticas leyendas del underground berlinés, pioneros de los sonidos industriales y formación de culto donde si hay espacio para las nuevas ideas y la experimentación, lo que evidencia hasta qué punto estaban mal las cosas. Pero por supuesto, “Nocturama” fue otro éxito de crítica y ventas.

Y es precisamente en este momento, cuando muchos ya no esperábamos gran cosas de Nick Cave, cuando, de la nada, su nuevo álbum nos deja sin palabras. Literalmente, porque pulsar el botón de play supone darnos de narices con la atronadora “Get ready for love”, y encontrarnos con un Nick Cave cantando con una fuerza y agresividad inéditas, respaldado una banda compacta, la guitarra distorsionada de Mick Harvey y textos demenciales marca de la casa, además de la que supone la gran novedad en este trabajo: la inclusión de coros femeninos (voces de la London Community Gospel Choir), que aportan a muchos de los temas un ambiente de gospel post-apocalíptico que no se parece a nada que Cave haya grabado antes. No se trata de otro “Let Love In”, ni siquiera de un nuevo “Henry’s Dream”, sino simplemente de un gran trabajo, que borra la sensación de monotonía que venía acusando su música en los últimos años y muestra a un artista manteniendo un nivel excelente y haciendo lo más inteligente en estos casos: conjugar sabiamente las distintas facetas presentes en su sonido a lo largo de su discografía sin conseguir repetirse.

Uno de sus mayores aciertos ha sido volver a sonar como una banda en toda regla, el piano pasa a un segundo plano, la producción es exhuberante y enormemente imaginativa y por fin podemos decir que nos encontramos ante un auténtico trabajo de Nick Cave & the Bad Seeds. Unos Bad Seeds que han sufrido numerosos cambios de formación y que ya poco tienen que ver con los que grababan joyas como “Your funeral, my trial” (1986). Barry Adamson ya hace tiempo que desertó para introducirse de lleno en la escena más snob con sus bandas sonoras de vanguardia y la experimentación con todo tipo de sonidos. Tras la marcha de Blixa Bargeld, los únicos miembros originales que quedan son el gran Mick Harvey, dando una auténtica lección de genialidad siempre en la sombra, y el batería Thomas Wydler, sustituído en los temas más potentes por Jim Sclavunos (ex miembro de The Cramps entre otros), con mucha mayor pegada. Junto a ellos, entra como fijo el violinista Warren Ellis, quien además colabora en la composición de varios temas, y se mantienen algunos de los músicos habituales de la etapa de los 90’s como el pianista Conway Savage o el bajista Martyn P. Casey.

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Junto a ellos vuelven a sobresalir, una vez más, los textos de un artista que no suele fallar. Pese a que tanto el primer volumen “Abattoir Blues” como “The lyre of Orpheus” suponen un regreso a territorios ya explorados, la sensación de frescura en el resultado final es absoluta. Es su vuelta al ritmo, a la vanguardia creada a partir de los ritmos primarios del blues y el gospel. En las letras ya no hay ni rastro del Nick Cave más apocalíptico y profético, más bien da la sensación de que toda la violencia y caos profetizados anteriormente ya hayan tenido lugar. El huracán ha pasado y ahora sus historias hablan de un mundo que renace de sus propias cenizas, donde la descripción de la naturaleza en estado salvaje tiene mayor peso que nunca. El Nick Cave de 2005 es vitalista, e inesperadamente luminoso, y como songwriter, sigue siendo capaz de dotar a sus composiciones de una narración que va más allá de lo musical. Las pequeñas historias que siempre han encerrado sus canciones y su forma de narrarlas se convierten en algo casi cinematográfico, cercano al expresionismo alemán de principios de siglo de los antiguos films de la UFA: la realidad como algo distorsionado, donde las sombras llegan se convierten en algo aterrador, y donde lo más sórdido y triste se transforma en belleza sublime. Sus historias siempre encontraron esa belleza en los lugares más insospechados: los personajes desarraigados del blues rural, los asesinatos domésticos y pasionales de murder ballads tradicionales, los himnos religiosos… relatos que siguen moviéndose entre la desesperación, la fe, el deseo y la muerte. La división de su última obra en dos no deja de ser un reflejo de esa dualidad entre luz y oscuridad, el ying y el yang, la división en dos discos que muestran ambas tendencias por separado.

Este nuevo e ilusionante capítulo en su discografía viene marcado precisamente por el influjo de una ciudad, París, en la que Cave reside desde hace algún tiempo, y que el propio artista reconoce como decisiva en el sentimiento que se esconde tras el disco. No debería extrañarnos, ya que pese a que siempre se cite su origen australiano, Nick Cave ha sido siempre un apátrida, el prototipo de artista errante en busca constante de nuevos espacios que enriquezcan su inspiración, y sus continuos cambios de residencia han ido marcando, de un modo u otro, las diferentes etapas de su discografía. Como nihilista líder de los furiosos The Birthday Party en el Londres post-punk de principios de los 80’s, para ser el profeta de la decadencia más absoluta, bañada en heroína y anfetas, en el no menos decadente Berlín de los últimos años de la Guerra Fría, donde se refugió la banda al completo para registrar su segundo álbum “The firstborn is dead”, guiados por Blixa Bargeld, y donde pudieron conocer la decadencia de la noche berlinesa, viviendo en un barrio, donde según el propio Blixa, “vivían sobre todo poetas desengañados, bebedores, artistas de vanguardia o cineastas independientes”. Después del descenso a los infiernos asistimos a su retiro espiritual a Brasil a principios de los 90’s, donde abandonaba todas sus adicciones al tiempo que cristalizaban sus peculiares obsesiones religiosas.

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Su lugar de residencia en la actualidad tenía que terminar por mostrar su influencia de alguna manera, y el proceso de grabación del disco en la capital francesa no pudo ser más fructífero. Nick Cave reunió a parte de la banda en el pequeño Misère Studio parisino para componer decenas de canciones a lo largo de una semana (según la banda, el material que compusieron daría para diez discos), para finalmente grabarlos de modo analógico en los estudios Ferber junto al productor Nick Launay, un proceso al que se unió el miembro de Gallon Drunk James Johnston a los teclados.

Por si la edición de dos álbumes con material nuevo no era suficiente, este mismo mes salía a la venta “B sides & Rarities”, la recopilación definitiva de todos los temas de Nick Cave & the Bad Seeds que, por una causa u otra, se habían ido quedando fuera de sus álbumes a lo largo de toda su carrera: caras b’s, versiones, temas pertenecientes a bandas sonoras, etc. Material en la mayoría de los casos descatalogado o muy difícil de encontrar que salen en el formato que merecen, como una recopilación en toda regla, y no como suele suceder últimamente, añadiendo temas de este tipo como bonus tracks en reediciones de discos clásicos (obligando al comprador a pagar un precio ridículo por el mismo producto). Con formato de triple cd, encontramos desde una primeriza versión de “In the ghetto” (aparecida finalmente dentro de la reedición de su primer álbum, “From her to eternity”), colaboraciones con artistas como Shane McGowan de los entrañables The Pogues en una singular versión de “What a wonderful world”, pasando por sesiones de radio, tomas alternativas, etc. Una referencia obligada destinada a saciar a los fans más completistas.

BEYOND THE BAD SEEDS

La etapa de explosión creativa por la que parece estar pasando Mr. Cave no acaba ahí, ya que en estos momentos se está llevando a la pantalla grande su primer guión para cine. El film, titulado “The proposition”, es una coproducción australiano-británica que ya ha empezado a rodarse, pero de la que no se han adelantado demasiadas cosas debido al secretismo que suele rodear este tipo de proyectos. En principio, trata sobre un conflicto familiar entre dos hermanos, y la historia se desarrolla en Queensland, Australia. Según parece es un proyecto alejado de los productos edulcorados y previsibles que suele ofrecer Hollywood ultimamente, ya que en el film intervienen actores sólidos como Guy Pearce, Emily Watson o John Hurt, y todo parece indicar que la trama tendrá el carácter sombrío y dramático que caracteriza todo lo que escribe Cave. Atando cabos, su director es John Hillcoat, viejo conocido del artista, director de casi todos sus videoclips y autor de la que supuso la primera intervención de nuestro protagonista en la gran pantalla a finales de los 80s,en un extraño (y olvidado) film carcelario titulado “Ghosts of the civil dead”, en el que un Nick Cave más pasado de vueltas que nunca interpretaba uno de los papeles principales, además de escribir parte del guión, asi como la música de la película.

Al margen de la evocación cinematográfica de muchas de sus canciones, su carrera ha estado siempre en contacto con el ámbito cinematográfico, sólo hace falta recordar sus intervenciones en films como “Johnny Suede”, primera película del por entonces prometedor Tom DiCillo, o muy especialmente sus colaboraciones puntuales con uno de los cineastas más polémicos de las últimas décadas, Wim Wenders, con quien Cave pareció encontrar una extraña afinidad, cuya mejor muestra es su intervención en el film “Cielo sobre Berlín”, o en uno de los últimos proyectos del alemán, “The soul of a man”, capítulo perteneciente a la serie sobre el blues producida por Martin Scorsese, en el que Wenders rendía tributo a la figura de bluesmen clásicos como J.B. Lenoir, Blind Willie John o el inconmensurable Skip James, mientras artistas actuales como Lucinda Williams, John Spencer o el propio Cave reintrerpretaban temas de esos artistas frente a la cámara.

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La relación entre el cineasta y los Bad Seeds siempre fue bastante curiosa, y estos llegaron a actuar, en su época más salvaje, en una gala televisiva que tenía como objetivo la entrega a Wenders de un premio por “Cielo sobre Berlín”. La banda había interpretado el tema “The carny” en la película, y su actuación en la ceremonia, frente al ministro de cultura alemán, casi termina en desastre, con todos los miembros del grupo completamente borrachos, un Blixa Bargeld perdido en su propio mundo dando un discurso de casi diez minutos en pleno subidón de anfetas, y Nick Cave balbuceando las canciones a cuatro patas, jodiendo por completo la solemnidad de una ceremonia que debió ser digna de ver.

Escribir siempre ha sido su segunda gran pasión, y sigue muy activo en ese sentido. Como todos los fans recordarán, su primera novela, “And the ass saw the angel” obtuvo un gran éxito por parte de la crítica especializada, y el artista lleva varios años anunciando que se encuentra escribiendo la siguiente, que llevará por título “The weather diaries”, de la que todavía no se sabe gran cosa. Los seguidores de su faceta como escritor se han tenido que conformar con el prólogo que el australiano ha hecho a una edición de bolsillo del “Evangelio según San Marcos”.

Si por algo se ha caracterizan los miembros de una banda como The Bad Seeds es por ser enormemente prolíficos, y mientras el maestro está inmerso en otros proyectos, los restantes componentes no pierden el tiempo, dando salida por medio de proyectos paralelos o carreras en solitario a inquietudes que por cualquier motivo no tienen cabida en su banda principal, colaboraciones mutuas que acaban conformando una autentica comunidad artística en torno a The Bad Seeds. Uno de los más ocupados es el veterano Mick Harvey, que permanece junto a Cave desde la época de The Boys Next Door y The Birthday Party, y además de grabar bandas sonoras para films europeos, colabora habitualmente con P.J. Harvey. Recientemente veía la luz su álbum en solitario “Pink Elephants”, adaptación al inglés de temas del cantante francés Serge Gainsbourg, que incluía un potente dueto entre el propio Nick Cave y Anita Lane, vieja conocida de la banda, y prototipo de cantante underground maldita cuya carrera y extraña personalidad daría para un artículo entero.

Por otra parte, miembros menos conocidos aunque igual de importantes hoy en día, también siguen sus propias carrreras. El pianista Conway Savage editaba hace poco un trabajo titulado “Nothing Broken” y tiene otro preparado para este verano. También Thomas Wydler sorprendía con un curioso proyecto a medias con otro batería, el mercenario Toby Damit (Iggy Pop, etc.) en un curioso álbum titulado “Morphosa Harmonia”. Sin duda una serie de proyectos muy especiales para los seguidores más fanáticos de los Bad Seeds, aunque lo que todos deseamos, ahora que la banda parece haber recuperado el empuje perdido, es que el gran Blixa Bargeld recapacite y regrese al seno del grupo.

El reconocimiento de Nick Cave como uno de los artistas más completos de la actualidad se está produciendo a todos los niveles, y hace poco tuvo el honor de ser el primer artista rockero que da clases en la prestigiosa Academia de Poesía de Viena, aconsejando durante algunas semanas a una futura generación de escritores. Para terminar, dejemos que sea el propio Nick Cave, a través de una reveladora frase pronunciada en una conferencia en dicha Academia, el que explique esa incontinencia creativa en la que parece estar inmerso: “mi trayectoria artística es un intento de articular un sentimiento de pérdida que siempre ha inundado mi vida. Un gran vacío surgió en mi mundo por la inesperada muerte de mi padre cuando yo tenía 19 años. La forma de llenar ese vacío ha sido escribiendo”.

J.L. Fernandez, 2005. Artículo completo publicado en el nº379 de la revista Popular 1.

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