J.L. Fernandez's Blog

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Americana: reflexiones en torno a la generación “No Depression”

Posted by jlfercan en julio 26, 2009

Sucede lo mismo cada vez que determinado estilo se pone de moda: americana, roots rock, country alternativo… Todo un conglomerado de términos y etiquetas a veces difusas que no vienen sino a confirmar una realidad: que el rock americano de raíces se ha convertido en uno de los estilos favoritos de los aficionados europeos, algo impensable hace unos años. Los datos en cuanto a giras y material editado están ahí, la escena está viva y en movimiento, y ya empiezan a salir detractores hablando de sucedáneos, repetición de esquemas y falta de ideas. Lo engañoso de las modas hace que salten varias preguntas a la palestra: ¿Innovación o simple reciclaje? ¿una mezcla de estilos tradicionales nunca vista antes o simplemente un nuevo término para definir el country rock de toda la vida?. Sea como fuere, la escena de lo que hoy conocemos como “americana” es una de las más fértiles de la actualidad, y su estado de forma se ve reflejado cada año en forma de valiosas obras y giras cada vez menos minoritarias. Una amalgama de raíces que hermanan al rock n’ roll con sus propios orígenes. Aquella “cosmic american music” con la que Gram Parsons soñaba a finales de los 60 es hoy, más que nunca, una realidad.

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Aunque su aportación a la evolución de la música popular pueda ser discutible, todos estos artistas vienen a ocupar un espacio que había ido quedando relegado al underground. Mientras que en los 60 y 70 el rock se nutría sin problema de todo tipo de géneros, entre ellos el Country, el Blues y el Folk, uno de los grandes problemas de la música considerada “mainstream” hoy en día es que el gusto por indagar el pasado parece estar ausente. Por eso no es extraño que al otro lado del Atlántico artistas englobados en la etiqueta “americana” giren con regularidad con éxito de crítica y público, o que no haya festival prestigioso que no reserve una pequeña parcela para actuaciones de este tipo. Un pequeño revulsivo de la música con alma hacia la vulgaridad que reina en las listas. Incluso en un país como España, donde hasta hace poco todo lo que estuviera relacionado con el country era visto con recelo, y que poco a poco parece ir ganando adeptos e incorporarse sin mayor problema al background de aficionados al rock en nuestro país. En consecuencia, en los últimos años hemos podido disfrutar de actuaciones y giras de artistas como The Jayhawks, Steve Earle, Drive-by truckers, Mark Olson y Victoria Williams, Wilco, Jason Ringenberg o Buddy Miller, Stacey Earle y Mark Stuart sin tener que reservar un billete de avión, y la industria empieza a amoldarse a la nueva situación, mediante publicaciones, festivales, espacios radiofónicos y sellos que están haciendo llegar a nuestro país las novedades más destacables del estilo.

Y llegamos a la pregunta del millón: ¿estamos ante un estilo nuevo?. El debate permanece entre los propios artistas, pero lo que parece estar claro es que la etiqueta ha beneficiado enormemente a un conjunto de músicos muy diversos. Asomarse a la escena “americana” supone un recorrido por esas intrincadas y polvorientas carreteras de la América más desconocida, a través de su música. Todos esos estilos sobre los que se sustenta el prestigio de la música estadounidense. Un cajón de sastre donde caben desde country, folk, bluegrass, honky tonk, blues o rockabilly, tamizados por un claro acento pop y una actitud muy particular, que huye de la complacencia que rodea a la escena country para recuperar parte de las raíces genuínas de la música tradicional del sur estadounidense, nacida en bares de mala muerte y sin lugar en las radios comerciales.

Como todo género surgido del underground que se precie, el “americana” nace como una oposición a lo establecido, en éste caso a la escena de Nashville, paradigma de country moderno donde abundan sombreros de cowboy, baladas edulcoradas y conciertos masivos, y donde pese a triunfar algunos artistas de cierto interés (Dwight Yoakam), abundan los productos de usar y tirar y la pose. Y estamos hablando de Nashville, Tennessee, el hogar del Grand Ole Dopry y el Country Music Hall of Fame, la urbe a la que cada año llegan cientos de jóvenes con poco dinero y su guitarra a la espalda, persiguiendo el sueño de triunfar en la escena de raíces, tal como reflejaba el film “Nashville” de Robert Altman. Una ciudad llena de bares de todo tipo de estilos en la que hay decenas de conciertos por noche. Pues bien, la causa de la escena de Nashville haya degenerado tanto tiene nombre y apellido: Garth Brooks. Aunque en Europa sus discos pasen sin pena ni gloria y nos resulte difícil hacernos a la idea del status que Brooks ha conseguido en USA, basta decir que su country para todos los públicos con estética “marlboro man” incluída llevaron el country a las radiofórmulas, y es el único artista de este estilo capaz de codearse con las grandes estrellas pop. Con su éxito la industria volvió su cara hacia Nashville buscando una fuente fácil de dólares a través de sucedáneos descafeinados, por lo que el country “a lo Garth Brooks” se convierte en la única opción posible en una escena antaño rica y heterogénea como pocas.

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Si atendemos a cifras, el country comercial ha sido el estilo que más ha subido en ventas en los 90, sin nada que envidiar al pop de masas, y desde luego esa evolución no se ha producido primando la innovación y creatividad, sino más bien todo lo contrario. Mientras artistas de multinacional como Dwight Yoakam o Lyle Lovett siguen grabando buenos trabajos, la tónica general ha sido desoladora, y los aficionados a la buena música country han tenido que observar el éxito de clones de usar y tirar como Shania Twain o Faith Hill, explotando la cara más vacía del género. ¿Y cuál fue la salida para los músicos que buscaban mezclar estilos y hacer las cosas a su manera?. El despido o la exigencia de amoldarse a los cánones de la industria de Nashville, y es ahí donde florecen sellos independientes como New West, Lost Highway o Sugar Hill, y el afamado magazine No Depression. Ese es el auténtico caldo de cultivo del “Americana”.  Su eclosión a nivel de ventas en este principio de siglo no hace sino confirmar que pese al poco apoyo recibido, el underground sigue vivo y en buena forma.

También es una prueba evidente de que el panorama americano sigue a años luz del británico, así como de la escasa influencia de este último fuera de Europa. América sigue teniendo como referencia principal a sí misma, y el “americana” bebe sobre todo de los artistas que conjugaron novedosamente electricidad y tradición en el pasado. Neil Young sigue siendo un buen espejo en el que mirarse, tanto en su vertiente acústica o con Crazy Horse, y otro tanto sucede con una formación tan exquisita como The Band. Así mismo, parece haber renacido el interés por la época del esplendor californiano que The Byrds representaron mejor que nadie, y el resto de referencias no distan demasiado de las que obsesionaban a todos esos artistas: de Bob Dylan a la vieja tradición folk estadounidense, del blues más primitivo a la recuperación de la actitud “outlaw” de la que hacían gala Johnny Cash o Waylon Jennings… Pero si tratásemos de ordenar este túnel del tiempo e intentasemos trazar una línea que nos llevase al primero que tuvo una visión de la música similar, nos llevaría a la figura del inigualable Gram Parsons y su reconocimiento como un auténtico visionario, ya que Gram siempre tuvo claro que el futuro de la música estaba reservado a aquellos que fuesen capaces de integrar las diversas tradiciones musicales, convirtiendo esas esencias en algo nuevo y excitante.

LA SEMILLA: NUEVO ROCK AMERICANO, COW-PUNK Y ALTERNATIVE COUNTRY

Ésta forma de entender el rock da sus primeros pasos en los 80, como respuesta firme a la vulgaridad de la música comercial y las producciones típicas de la década de los sintetizadores. La primera noticia que llegó a oídos de crítica y aficionados fue la de un movimiento llamado Nuevo Rock Americano, que bebía tanto del rock de los 70 como del country y el folk, y que tuvo en unos primerísimos R.E.M. y su soberbio primer álbum, “Murmur”, su mayor estandarte. Junto a ellos, los maravillosos The Long Ryders de Sid Griffin y Stephen McCarthy, y bandas que gozaron de un éxito más minoritario, como Green on Red, The Del-Lords, Dream Syndicate (la banda de Steve Wynn) o Guadalcanal Diary.

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Cuando R.E.M. endurecen su sonido en “Life’s Rich Pageant” y The Long Ryders anuncian su separación después de tres discos, el NRA parece pasar a mejor vida, pero ya hay otra escena con planteamientos similares que se está abriendo camino, y los medios americanos ya hablan de Cow-Punk. Efectivamente, lo que parecía imposible estaba sucediendo, y varias bandas mezclaban punk rock agresivo y country and western con total naturalidad. Y gran parte del mérito hay que reconocérselo a una banda incendiaria como pocas: Jason and the Scorchers. El grupo fue impulsado por Jack Emerson (hoy en día hombre de confianza de Steve Earle) y aportó una frescura que revitalizó el underground. Su fama de gran banda en directo, el carisma de su frontman Jason Ringenberg, y la calidad de su primer EP, “Fervor” (1983), que incluía una soberbia versión del “Absolutely sweet Marie” de Dylan y temazos como “Hot nights in Georgia” o “Both sides of the line” les hizo arrasar en los clubs de su país, y su primer álbum “Lost and found” (1985)  no hizo sino confirmar todas las expectativas y permitirles girar por Europa con cierto éxito. Pese a que esa primera etapa sea la mejor de su carrera (hoy disponible al completo en cd bajo el título “Both sides of the line”), siguieron grabando discos muy recomendables hasta 1995, cuando se despidieron con el excelente “A blazing grace”.

Y sí, el nivel de público y ventas de cualquiera de estos artistas palidecen ante los de los Michael Jackson, Prince, o Madonna de esos días, y no podemos decir que hiciesen temblar los cimientos de la industria como haría más tarde el grunge, pero al menos ayudaron a que el rock americano de raíces encontrase su lugar, y se formó un público fiel que no veía que el hard rock estuviese reñido con guitarras acústicas o melodías sureñas, el mismo que arropó a bandas tan especiales como The Blasters o posteriormente a The Georgia Satellites.

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Y mientras todos estos fenómenos tenían lugar en circuitos más o menos rockeros, en 1986 la escena country de Nashville asistió a algo insólito: la publicación del álbum de debut de uno de sus compositores más prometedores, que decidió tocar canciones country con el sonido y la actitud de una banda de rock n’ roll. El disco se llamaba “Guitar Town” y el compositor un jovencísimo Steve Earle, alumno aventajado de la escuela de los llamados “texas trobadours” (songwriters malditos como Guy Clark o Townes Van Zandt entre otros) que cambiaba las reglas desde dentro en una comunidad musical purista como pocas, facturando el primer disco de country moderno y conviritiéndose en modelo a seguir.

Lo sembrado empieza a dar frutos, y ya en los 90 se habla sin complejos de Alternative-Country, ya que el término country rock se relacionaba con los Eagles, banda de la que la mayoría de estos artistas preferían ni oír hablar, debido a su deriva hacia el AOR en la última década. En 1990 la primera piedra la ponen Uncle Tupelo con el fundacional “No depression”, que acabará sentando precedente y dando origen al nombre del magazine especializado más importante del sector. Uncle Tupelo son el primer grupo que se inspira por igual en country, pero también en el punk rock e indie rock más ruidoso, sobre todo en The Replacements, y su sonido era igual de agresivo que lo que hacían por aquel entonces los primeros Soul Asylum. El núcleo de la formación lo formaban Jay Farrar, ocupado de las melodías, y Jeff Tweedy, como contrapunto mucho más crudo del grupo, con un estilo mucho más visceral. Ayudados por Peter Buck de R.E.M., se mantuvieron como banda de culto hasta la edición de “Anodyne” (1993), su disco de despedida y su mejor álbum. Tras la disolución del grupo, Farrar siguió pautas similares al frente de Son Volt y Tweedy fundó Wilco, uno de los grupos que más han dado que hablar en los últimos años, y que además han acabo por ganarse el favor del público indie.

Siguiendo muy de cerca a Uncle Tupelo surgen Whiskeytown, liderados por el inefable Ryan Adams, de sonido similar aunque más cercanos al rock clásico americano y al pop, y Camper Van Beethoven, formación marcada por el extraño sentido del humor del actual líder de Cracker David Lowery. Y en esos años aparece la banda que quizá define mejor el espíritu de lo que hoy se conoce como “americana”, y éstos solo pueden ser The Jayhawks, de los que no hace falta decir demasiado, más allá de recordar que empezaron como una banda cercana al rockabilly, y que al contrario que sus compañeros de generación, daban prioridad al folk por encima del country, su música estaba basada en armonías vocales herederas de Crosby, Stills, Nash & Young, The Beatles o Simon & Garfunkel, que Gary Louris es uno de los mejores compositores de los últimos años y que “Hollywood Town Hall” (1992), “Tomorrow the Green Grass”(1994) y “Rainy Day Music” (2001) son obras maestras incontestables que nadie debería perderse.

Incluso un panorama tan aséptico y tendente a perderse en moderneces vacías como el indie vio nacer a bandas armadas con mandolinas y sabor sureño, entre las que podemos contar a los herméticos Lambchop, y a los más que interesantes Palace Brothers de Will Oldham, artista que provenía del hardcore y dió una nueva vuelta de tuerca al concepto de roots music.

Y mientras las fronteras estilísticas se disolvían en todos los frentes conforme nos acercábamos al final de siglo, iban viendo la luz una serie de discos irrepetibles, entre los que podemos contar el resurgimiento de un Steve Earle recién salido de prisión, entregando una obra maestra detrás de otra (“I feel alright” (1996) y “El corazón” (1997), a Wilco abrazando el éxito de crítica y público con una joya como “Being there” (1996), y sobre todo la aparición de “Car wheels on a gravel road” de Lucinda Williams en 1998, que abre la puerta a la consolidación del “americana” y sigue siendo modelo a imitar para toda una nueva generación de intérpretes femeninas. Tampoco fue casualidad el renacer de Johnny Cash junto a Rick Rubin y la consiguiente exhibición de sus videoclips en la MTV, sino una muestra más de que la industria estaba dando al country el lugar de prestigio que siempre le había sido negado.

am5 Como es lógico, ante una escena en ebullición, la industria se apresura a tomar posiciones, y ya son infinidad los sellos y distribuidoras que se ocupan del nuevo rock americano de raíces. La etiqueta “americana” vende, nos guste o no, llena salas y es un estilo en alza en el viejo continente. Sus “efectos colaterales” no han tardado en llegar, y parece que meter a cualquier artista bajo esa etiqueta asegura atención y buenas críticas. Véase sino el caso de una banda tan formidable como Drive-by Truckers, cuyo fantástico “Decoration day” se calificó dentro de un estilo con el que no tienen nada que ver, o de grupos como North Mississippi Allstars o la tremenda banda underground The Last Hombres, que se mueven en terrenos muy próximos y parecen estar gozando de reconocimiento justo ahora. Por otra parte, en los últimos años muchas bandas de hard rock han incluído su particular homenaje a la música de raíces, sobre todo en el caso del líder de Social Distortion Mike Ness y en el de Supersuckers y los discos de Eddie Spaghetti en solitario. Antiguos “perdedores” vuelven a tener la atención que merecen y también son calificados como artistas de “americana”, como en el caso de Mark Eitzel (frontman de los extraños American Music Club), o Chuck Prophet, de Green On Red, mientras viejos conocidos como Sid Griffin, Stacey Earle, Jason Ringenberg o Mark Olson siguen fieles a sí mismos en sus trayectorias en solitario y clásicos en vida como Emmylou Harris o Loretta Lynn vuelven a grabar y girar alcanzando el status de leyendas que les corresponde desde hace tiempo. La rueda sigue girando, y cada año deja un balance muy valioso en forma de discos y conciertos, así como de caras nuevas que auguran un futuro muy prometedor. Que así sea.

J.L. Fernandez, 2006. Artículo completo publicado en el nº391 de la revista Popular 1, dentro del dossier “Americana: Generación No Depression”, escrito por Mickey Ribera, Marcos de Lahueria, Xavi Bordes y J.L. Fernandez.

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