J.L. Fernandez's Blog

Interviews, articles, and other synthetic delusions of the Electric Head

Tom Waits, París, 2008

Posted by jlfercan en julio 26, 2009

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Le Grand Rex, Le Grand Rex

El cine Le Gran Rex es un lugar de ensueño para presenciar las actuaciones parisinas del señor Waits. En contraste con los desvencijados teatros elegidos para su periplo estadounidense, y los modernos enclaves de sus actuaciones españolas, aqui pudimos gozar de un enorme recinto adornado por imitaciones de construcciones arquitectónicas milenarias que nos remitían a filmes mudos como “Intolerancia”, y coronado por una bóveda azul celeste repleta de estrellas, de forma que cuando se apagaron las luces y sale la banda a escena uno tiene la sensación de estar viendo el espectáculo al aire libre en algún lugar exótico.

Una salida a escena que termina por demorarse cerca de una hora, aunque lejos del histerismo contenido vivido dos semanas antes en Donostia, el publico francés parece tomárselo con mucha calma. En cuanto Waits aparece por un lateral del escenario, esa frialdad se viene abajo, y estalla el delirio generalizado. En su segunda noche parisina, nuestro protagonista ofreció su cara más europea y cabaretera y se divirtió azuzando a una audiencia que no parecía tener suficiente. Tras el shock que supone el inicio del show con “Lucinda”, los que esperaban a un intérprete circunspecto  y afectado se quedaban estupefactos al ver a Waits dejarse querer por la audiencia, haciendo reverencias, interesándose por las peticiones y fingiendo tomar nota, y modulando el volumen de aplausos con sus manos como si de un ecualizador se tratase.

Consciente de la popularidad en el viejo continente de su obra “Rain dogs”, fusiona el tema que titula el disco con la danza rusa incluida en “The Black Rider”, y por momentos el griterío al reconocer la canción llega a solapar el sonido de la banda. Más de uno se levanta de su butaca, siendo abroncados al instante por el quisquilloso personal de seguridad. “Falling down” sigue sin cuajar del todo, pero nos olvidamos de ello en cuanto el maestro recupera del olvido “On the other side of the world”, aquel tema incluído en el soundtrack de “Night on earth”, que suena aqui especialmente trágica. Insistiendo con los medios tiempos, llega “Lucky day”, extraña elección que pegaría más bien con el cierre del espectáculo, y que provoca una bajada de ritmo considerable. Suenan los primeros acordes de “God’s away on business”, nos hace señas para que le acompañemos dando palmas, y de repente para en seco la canción para abroncar a dos tipos de las primeras filas que lo están haciendo a destiempo. “Espero que vosotros dos no tengáis nunca que trabajar juntos”, dice, serio como el infierno. Pero cuando el resto de la banda comienza a reír a carcajadas somos conscientes de que se trata de un número ensayado, que volverá a repetir en alguna que otra fecha. Insiste en marcar con sus brazos en alto el ritmo del tema, vuelve a iniciar la canción, y nadie se atreve a dar una palmada fuera de lugar. Nos tiene en el bolsillo.

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Tras colgarse la guitarra, aborda la siempre agradecida “Hold on”, interpretada de forma algo rutinaria, y llega el que es, sin duda, el momento más bizarro de este tour, con la performance que sirve de intro a “Eyeball kid”. Waits simula arrancarse uno de sus ojos (“niños, no hagáis esto en casa, ni siquiera en el baño”), y lo lanza al aire mientras el grupo, como si estuvieran poniendo la banda sonora a un film silente, emulan el sonido de un objeto elevándose, que Tom recoge en su sombrero y finalmente lanza a la audiencia. Un truco de cómico barato que funciona a la perfección. Con un ritmo machacón y atonal de fondo, comienza a recitar la historia del pobre chico nacido sin párpados que empieza como un freak de circo y termina triunfando en el mundo del show business, esa estrella del absurdo que, curiosamente, nació el mismo día que el viejo Tom. En su faceta más clown y vodevilesca, cambia su bombín por un sombrero de bolas de espejo, y mientras nos dedica una de sus muecas más histriónicas, se limita a girar sobre sí mismo deslumbrando a la audiencia con decenas de destellos.

Se sienta al piano y responde de manera socarrona a las peticiones de la audiencia, y pasa a relatarnos las curiosas costumbres de apareamiento de la mantis religiosa. “Al macho de la mantis le basta con elevar su brazo, y el olor que desprende es tan embriagador, que la hembra no puede resistirlo y va a su encuentro. ¿Os lo podéis imaginar? Ella dejará todo lo que esté haciendo y la tienes a tus pies, aunque la llame su hermana por teléfono o estén dando por tv su telecomedia favorita”. Acto seguido, estira cómicamente uno de sus brazos, y comienza a tocar con el otro el inicio de “You can never hold back spring”, que es recibida con gran alborozo. Dedica “Johnsburg, Illinois” a su mujer, como no podía ser de otra manera, y entonces llega el gran momento de la noche, cuando recupera “Tom Traubert’s Blues”. Mientras que en San Sebastian cantó “On the nickel” de forma totalmente plana y desganada, esta noche si que parece querer satisfacer a sus seguidores más clásicos, ya que la interpreta como si le fuera la vida en ello. Puedo ver a gente a mi alrededor totalmente conmocionada por lo que está presenciando, y en ese momento el mundo parece detenerse, y no parece existir nada más allá de la noche cayendo sobre París, un viejo piano y esta joya de “Small change”. Para poner final a la parte “íntima” del show, cantamos con él ese maravilloso himno tabernario llamado  “Innocent when you dream”, un momento sencillamente mágico.

En la segunda parte del show, “Hoist that rag” no decepciona, la banda suena especialmente compacta, y el ritmo es como una estampida arrasando todo a su paso. Sorprende con dos temas de “Orphans”, “Heigh ho” y “Lost in the bottom of the world”, mientras que el terrorífico cuento de “Poor Edward” resulta más inquietante que nunca. La lluvia de confetti con la que termina “Make it rain” no falla: todos en pie y ovación interminable. En los obligados bises, la ceremonia continua con “Way down in the hole”, pero lejos de hacer el numerito del predicador de la gira de “Big time”, incita al público a acompañarle dando palmas, y el ritmo no decae con una “Jockey full of Bourbon”, arreglada de forma irreconocible como una suerte de mambo minimalista con profusión de vientos. “Anywhere I lay my head” marca la inevitable despedida, y pese a los cerca de cinco minutos que la gente permanece levantada aplaudiendo y vociferando, todo se ha terminado por ésta noche. Toque lo que toque, uno siempre saldrá de un concierto de Tom Waits con quince o veinte favoritas que se han quedado fuera del repertorio. Podemos quejarnos del precio abusivo de las entradas, de la frialdad que supone ver a un artista asi sentado en una butaca… pero cuando se baja el telón, uno es más consciente que nunca de que no hay nadie ahora mismo que ofrezca un espectáculo tan completo y consistente como el que ofrece este hombre. Y que el día en que ya no esté con nosotros, probablemente, nadie volverá a hacerlo.

J.L. Fernandez, 2008. Publicado en el nº419 de la revista Popular 1, dentro del artículo especial “Tom Waits: Glitter and Doom Tour”, escrito por Sergio del Río, Ignacio Reyo y J.L. Fernandez.

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