J.L. Fernandez's Blog

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Patti Smith, entre la mugre y la gloria

Posted by jlfercan en agosto 11, 2009

Lenny Kaye se desgañita en la parte final de “Rock n’ Roll Nigger”, cuando en un momento dado, Patti comienza a arrancar frenéticamente las cuerdas de la guitarra que ha estado rasgando torpemente durante los bises. Finalmente, arroja el instrumento furiosamente al suelo bajo la atenta mirada del batería Jay Dee Daugherty. Las luces se apagan y el público ruge. No, no estamos hablando de 1978, ni de una actuación del legendario Patti Smith Group en el  CBGB’s neoyorkino. Lo sucedido fue el final de su reciente actuación en San Sebastián, durante la gira de presentación de su recién publicado “Twelve”. Los días dorados del Punk neoyorkino son ya historia, y ni Joey Ramone, ni Andy Warhol, ni Nico se encuentran entre la audiencia. Pero su actual tour no ha hecho sino certificar que la autora de “Horses” se encuentra, a sus sesenta años, en muy buena forma.

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Estamos en el Teatro Victoria Eugenia de Donostia, para ver a un mito del Punk, y el marco no podría ser más desconcertante. Afuera cuelga el cartel de “no hay entradas” desde hace semanas. Tickets a cuarenta euros comprados, en mayor medida, por parejas de mediana edad y ejecutivos que por supuesto, también tienen su corazón rockero. Al desagradable olor a naftalina hay que sumar que veremos un show tan visceral en un aséptico teatro donde por supuesto, no habrá ni barra, ni humo, ni el más mínimo olor a Rock n’ Roll. Cosas de los mitos. Menos mal que al menos han arrancado de cuajo las butacas para que esto no parezca un aburrido recital de cantautores. Mejor quedémonos con el lado positivo del asunto: el poder de convocatoria de Patti sigue siendo enorme tras tantos años de carrera, y pese a sus visitas continuadas a nuestro país desde su regreso en los 90, hay hambre de vivir una nueva velada en su compañía.

Lo que prometía ser una noche rutinaria a cargo de una artista que no pasa precisamente por una racha creativa, termina siendo algo mucho más orgánico, y ligado al azar. Situémonos a hora y media ya transcurrida desde el inicio del show. Todo ha ido como esperábamos, “People have the power”, el tema que suele cerrar sus actuaciones, acaba de sonar, pero sorprendentemente, las luces no se han encendido. La banda vuelve a salir y la poetisa del Rock por excelencia aprovecha la oscuridad reinante para coger el micro y pedir silencio. “Hoy es un día muy importante”, afirma, “porque exactamente hoy, hace cuarenta años, se publicaba el disco más importante de todos los tiempos: un álbum que cambió el mundo”. La efeméride es el aniversario de “Sgt. Peppers’s Lonely Hearts Club Band”, el revolucionario trabajo de los Beatles, del que la cantante ha incluído un tema, “Within’ you without you”, de Harrison, en su nuevo álbum “Twelve”, y que ya ha sonado durante el show, en una versión que prescinde de los arreglos hindúes del original para alcanzar un registro mucho más íntimo, que sin embargo conserva intacto su misticismo. “En esa época”, prosigue, “no teníamos Internet, ni televisión por cable, ni teléfonos móviles. Lo único que teníamos era la música. Y no había nada más excitante, aquel día de 1967, que estar pegados a la radio para conocer cualquier noticia relacionada con el acontecimiento”. Inmediatamente después, la banda acomete una (según ellos improvisada para la ocasión) versión del “A day in the life”, aquel rutilante himno de los de Liverpool que cambió para siempre el concepto de canción Rock.

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Esta noche, la poetisa del Rock presenta “Twelve”, un álbum donde recrea doce canciones que en teoría tienen un gran valor sentimental para ella, y por tanto escucharíamos numerosos temas ajenos durante la actuación. Un álbum, sin embargo, que ha decepcionado al grueso de sus seguidores, y es que Mrs. Smith no ha sabido imprimir a esta docena de cortes su propia personalidad, al contrario de lo que la siempre la ha caracterizado en el pasado. Son versiones eficientes, pero sosas, por así decirlo. Y a ello debemos sumar que la elección se mueve entre clásicos obvios de todas las épocas (“White Rabbit” de Jefferson Airplane, “Gimme shelter” de los Stones) y lo francamente estrambótico (al intentar abarcar todas las décdas, incluye bodrios ochenteros de Tears for Fears entre otros). ¿Sequía creativa? ¿Nostalgia exacerbada? ¿Prisas por finalizar un contrato quizá?. Mientras que discos como “Pin ups” de Bowie, “Copycats” de Johnny Thunders y Patti Paladin, “Kicking against the Pricks” de Nick Cave o, por qué no, el último trabajo de Southern Culture on the skids, cumplen un cometido casi pedagógico, al devolver a la vida canciones perdidas en el tiempo en muchos casos, y sorprendiendo con frescura al llevar al terreno propio registros en la mayoría de los casos muy ajenos, Smith ha optado por el camino más obvio y predecible. Además, resulta decepcionante que no sepa articular un show como este a partir de un repertorio centrado en las excelentes covers que ha facturado a lo largo de su carrera, de “Hey Joe” a la sublime de “Land of 1000 dances” que aparecia en “Horses”, amén de enérgicas recreaciones de The Who, The Byrds y demás luminarias de los años sesenta.

En lugar de ello, la antaño niñata Punk se ha reconvertido en una militante abuela hippy (melenas canosas, jeans, un crucifijo colgando, botas y una roñosa camiseta blanca, sobre la que ha pintarrajeado el anagrama hippy a rotulador), opta por epatar, combinando momentos de rock adrenalínico con recitados al más puro estilo beat, en los que parece levitar con la mirada perdida. Desde luego, se hace extraño verla salir  a un escenario asi y empezar con un clásico como “Priviledge (set me free)”, un tema que lleva interpretando desde principios de los 70, antes incluso de grabar su debut. Una canción nacida en clubs de mala muerte y lecturas de poesía ante grupos de beatniks drogados hasta las cejas, siguiendo aquella ruta del Village neoyorkino en la que también debutara Bob Dylan y que la convirtió en la musa de los pioneros del punk de la época.

Pero quizá Patti siempre había soñado con actuar en recintos tan solemnes como éste, y no fue una artista Punk más que por la coyuntura histórica. Es probable que el punk, ese ponzoñoso callejón sin salida lleno de excrementos y jeringuillas usadas la encontrase a ella, y no viceversa. Y es más que probable que Patti usase esa credibilidad extra que le aportaba moverse en esa escena, para erigirse como la frontman femenina definitiva. Lo suyo por supuesto era una actitud muy física y visceral, pero jamás tuvo demasiado que ver con el movimiento, más que la reinvindicación de ciertas influencias que los punks hicieron suyas desde el primer momento. No, lo suyo tenía un fondo mucho más arty, dramático y en definitiva, afectado. Y en sus actuales shows, todavía impresiona verla en esa faceta, cuando se pone unas gafas de anciana para recitar, con la mirada perdida, las líneas de “Birdland”, o divagar sobre el martirio de San Sebastián mientras amaga un tiro de flecha al público con su pie de micro como arma.  Lástima que todo ese aura de misterio y misticismo que encarna como nadie se venga abajo bruscamente con las inevitables concesiones del show a su público ochentero, que es, innegablemente, el que se acaba de dejar una talegada en taquilla. Ya sea un “Because the night” que ni siquiera Lenny Kaye parece tomarse en serio (no deja de hacer muecas mientras la interpreta) o en la hipersobada “People have the power”, himno “cumbayá” yanki reconvertido en nuestro país en sintonía consumista por obra y gracia de una compañía de telefonía movil, y que por supuesto desatan el karaoke masivo entre la concurrencia.

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Pese a todo, y cuando arremete con “Free Money” o “Pissing in a river”, logra meterse al público en el bolsillo y tenerle en ascuas durante una interpretación tan teatral como emocionante. Hubo otras mujeres antes, pero ella fue la primera en romper todos los estereotipos. Habían estado antes Joni Mitchell, representando a la cantautora prototípica, con tantas ensoñaciones abstractas como desvaríos sentimentales, Janis Joplin cantando lamentos de amante despechada en clave de Blues, Grace Slick poniendo una bonita voz a los principios revolucionarios de los 60, o incluso la candidez de una Nancy Sinatra defendiendo su derecho a rockear calzándose las botas más famosas de su generación. Pero Patti llegó más lejos, y se negó a aceptar los corsés de género que la sociedad pretendía imponerle. Andrógina y deslenguada, quiso escribir como Dylan y ser tan enérgica y física en escena como Mick Jagger. Y todo ello, tras haber caminado por el lado salvaje. Habiéndose escapado del anodino trabajo en una cadena de montaje en los 60 tras enamorarse de las palabras de Rimbaud y de la foto de Dylan en una tienda de discos. Dando un primer hijo anónimo en adopción y fugándose posteriormente a New York para romper con el pasado y tratar de emular a Dylan en el circuito de poesía de la ciudad. Tiempos en los que fue groupie y amante orgullosa de muchos de los mitos de aquel entonces, aunque esa es una historia que sólo le corresponde contar a ella. A tiempo para intentar cambiar poco a poco el panorama cultural de una época que se nos antoja más libre que la actual, de la mano de amigos y admiradores como William S. Burroughs, el fotógrafo Robert Mapplethorpe o Sam Shepard. Proclamando sin temor una nueva era donde el Rock se fundiría con la poesía, recogiendo así el testigo de todo un Jim Morrison, por inocente y presuntuoso que nos pueda parecer esto hoy en día. Y sin hacer ascos, por supuesto, a la mugre y los escupitajos del Punk. Muchos la han retratado como una oportunista sin escrúpulos, capaz de pisar a quien fuera para llegar a la cumbre, y tantos otros critican ahora la excesiva previsibilidad de sus trabajos actuales. Pero su pasado sigue pesando mucho: “Easter”, “Radio Ethiopia” y “Horses” son clásicos del Rock capaces de mirar a la cara a cualquier otro disco del momento. Y desde luego, ella fue la primera en luchar en un mundo de hombres con sus mismas armas, siendo algo más que una cara bonita o el prototipo de sueño húmedo de melenudos en plena efervescencia hormonal. Su mérito fue el de romper ciertos clichés dentro de una industria cuyo trabajo es, precisamente, el de crear esos clichés. En cierto modo, dignificó el papel de la mujer en el Rock y eso debería ser tenido en cuenta por todas sus sucesoras, desde la etérea Shirley Manson hasta la bellísima Cat Power, sin obviar a toda una Juliette Lewis que parece haber dejado atrás su papel de Lolita hollywoodiense para ejercer de Patti Smith del siglo XXI al frente de su banda The Licks.

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Si algo queda de la Smith más indómita, es que sus conciertos siguen conservando ese aura de imprevisibilidad, y en consecuencia la artista hace lo que le viene en gana en cada momento, ya sea departir con las primeras filas, soplar un oboe, escupir una y mil veces en el pijísimo suelo del Victoria Eugenia, soltar un increíble monólogo sobre los agujeros del culo y la mierda, o bailar patosamente a un lado del escenario mientras Lenny Kaye interpreta un tema como solista, mientras se parte de risa berreando los coros de turno. Ya en los bises, se emociona recordando a Kurt Cobain y dedicándole una lúgubre versión de “Smells like teen spirit”, que poco tiene que ver con el rabioso espíritu de la original. Todo un mérito por su parte, el conseguir llevar a su terreno el que de momento es, probablemente, el último himno generacional que el Rock nos ha brindado. De una generación, por cierto, a la que la artista adelanta en casi cuatro décadas. Y que decir de esa grandiosa versión del “Gloria” de Van Morrison, que es ya un clásico inmortal en su voz, y que sirve como preludio a un final emocionantemente caótico. Todo lo que ella significó y significa para el Rock de los 70 está condensado en su particular relectura de este tema. “Jesus murió por los pecados de otro; no por los míos”, sigue cantando con desarmante firmeza, mientras todos los que no aceptamos ninguna clase de moral impuesta, sentimos como nuestras esas palabras. Un festivo fin de fiesta para un show que muestra a la poetisa del Rock viviendo una segunda juventud, tal como sucedería al día siguiente en el Primavera Sound, ya en territorio barcelonés. Un dulce momento que esperemos se plasme en un nuevo trabajo con material propio, a la altura de su leyenda.

DEL CBGB’S AL ROCK N’ ROLL HALL OF FAME

El presente año ha sido especialmente significativo para la artista, ya que además de la edición de “Twelve” y su correspondiente gira, ha sido incluida en el Rock n’ Roll Hall of Fame, algo de los que muy pocos pueden presumir. Su inclusión, al lado de otros grandes del Rock como las Ronettes, R.E.M. o Van Halen, se basa, según el prestigioso museo, en “su carácter transgresor, en el que se unía el Rock más visceral con la poesía, lo que acerca a Patti a otros intérpretes como Jim Morrison”. Una inclusión que entronca, inevitablemente, con la de los Sex Pistols el año pasado, y que viene a significar cierta apertura de miras en tan conservadora institución, y desde luego, la dignificación de todo aquello que significó el Punk y sus aledaños, ya fuese a una u otra orilla del Atlántico.

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Todo un hito para la que se diese a conocer sobre las tablas del mítico (y extinto) CBGB’s neoyorkino, cuna del punk y con la fama de ser el agujero inmundo más cool del planeta. Alli encandiló Patti a la vanguardia cultural de su época, y no deja de ser curioso que, mientras entraba por la puerta grande al museo más importante del mundillo rockero, decidiese protagonizar la que a la postre sería la última performance del afamado club, en la misma noche de su cierre por orden municipal. Todo un retorno al pasado que entronca en un mismo año los dos ambientes entre los que Patti se ha movido siempre: la mugre y la gloria.

Pero no nos engañemos, si ahora la poetisa rockera puede gozar de una posición prestigiosa entre los altares de la crítica rockera más Standard, es debido a sus primeras obras, esa trilogía mágica registrada junto al Patti Smith Group y en la que están sus mejores canciones, ya sea de la mano de un avispado John Cale (“Horses”), de la inyección de músculo rockero aplicada por el gran Jack Douglas (“Radio Ethiopia”), o de “Easter”, todo un ejemplo de cómo explorar nuevos caminos sin perder la esencia, y que sigue siendo su trabajo más completo a día de hoy. Lo cierto es que, si perdemos de vista esa trilogía fundamental, los diez años que separan su cuarto disco, “Wave”, de su sucesor, “Dream of life”, parecen un agujero espacio temporal en los que Patti tomó la decisión más controvertida de su carrera: convertirse en ama de casa.

Y es que hay quien echa a perder una carrera por excederse con las drogas, pelearse con su compañía de discos o no saber reinventarse cuando la tónica del mercado le es adversa. En el caso de Patti, fue el matrimonio lo que hasta el momento había sido una trayectoria fulgurante. Al igual que le sucedió a Lennon, a Cobain y a tantas personas que conocemos, el “sí quiero” supuso, de la noche a la mañana, el fin. Incluso un disco como “Wave”, facturado antes de su retiro, grabado deprisa por compromiso con su compañía, y que apenas contenía un par de buenos temas, como “Dancin’ barefoot”, había tenido una gran aceptación, y todo parecía indicar que el tránsito hacia los ochenta no supondría mayor problema para su trayectoria. Patti Smith era cool, una estrella que podía exigir al productor que quisiera, pero a su futuro marido, Fred “Sonic” Smith de MC5, que su señora fuese una estrella y girase por todo el mundo no le hacía demasiada gracia.

Y es que la controversia rodeó a los miembros de MC5 desde que la banda despuntase, y no precisamente por su música. Drogas, proclamas de revolución, contactos con grupos armados, cárcel, y rumores de ser unos auténticos cavernícolas en lo que a su compañía femenina se refiere. Al menos eso afirmaba Eric Ehrman en la revista Rolling Stone en 1969. El periodista fue invitado a viajar hasta la comuna de Ann Arbor en la que los músicos vivían en la época de su debut discográfico. El artículo causó una enorme polémica, y las acusaciones de machismo han sido rebatidas por Wayne Kramer en multitud de ocasiones, pero lo cierto es que el mundo conoció un retrato desolador de la formación, que dejó en ridículo sus arengas revolucionarias y mostró que lo que había en realidad detrás del telón era algo muy diferente. Para muestra un parrafo tan demoledor como el que sigue: “Cada tarde nos sentábamos a hablar sobre revolución y amor libre ante una mesa rústica, y a devorar la comida preparada por las mujeres del grupo, a las que ellos se referían como gallinitas. La emancipación de la mujer no ocupaba un lugar muy destacado en el ideario libertario de la banda, y ellas parecían más que contentas de que se retrasase, en bien de sus machos”.

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En su defensa, señalar que Fred Smith era una persona diferente cuando conoce a Patti y deciden casarse, diez años mas tarde del citado artículo, pero el resultado no fue muy diferente. No deja de ser extraño que una personalidad tan fuerte y arrolladora decidiese enviar al carajo una carrera en auge, y quedarse en casa procreando y preparando tartas de cumpleaños, pero así fue. Tuvo dos hijos, Jackson y Jesse, que la acompañan en escena de vez en cuando, y defiende esa etapa como los años más felices de su vida. Entre su matrimonio y la muerte de Fred, en 1995, la artista no se dignó a pisar un escenario. Quince años de ausencia sólo rotos por un álbum, “Dream of life”, en el que su compañero lo revisó absolutamente todo, desde la producción hasta la firma de cada tema, por no hablar de que tocó cada una de las guitarras que suenan en el álbum. Un álbum menor, en el que Fred Smith encarna torpemente el papel de Lenny Kaye, y que da como resultado un álbum predecible, donde no hay lugar para el riesgo de antaño y si para anodinas canciones de amor que parecen diseñadas para sonar en FMs.

En los 90, sin embargo, el Grunge parece borrar de un plumazo el gusto por los sonidos FM y reivindicar cierta querencia por lo sucio, lo caótico, y el dramatismo más afectado. ¿Y qué podía haber más dramático y sucio que “Horses”? Efectivamente, la generación alternativa en la cresta de la ola, empezando por Courtney Love y terminando en Michael Stipe, consagraron a Patti como su heroína rockera. El líder de R.E.M., sin ir más lejos, proclama que colaborar con Patti es el gran sueño de su vida, cosa que conseguirá en el sobrenatural disco de R.E.M. “New adventures in Hi-Fi”, de 1996.

Una serie de tragedias personales encadenadas, que hubiesen hundido al más fuerte, la hacen regresar al estudio para registrar su disco más sombrío, “Gone again”. Uno de los comebacks más sonados de aquellos años, que muestra a una artista que compone para olvidar, para recordar a los ausentes, quizá para ambas cosas. Primero fue su marido, Fred, después su hermano, Todd, y por último, el fallecimiento debido al cáncer de Robert Mapplethorpe, el conocido fotógrafo y uno de sus mejores amigos. Los tres fallecen en el espacio de escasos meses, y por tanto el material aquí presente es de auténtico dolor. Una fotografía de Anne Leibowitz como portada era el reverso oscuro de aquella mítica estampa de Mapplethorpe que ilustraba “Horses”, para cubrir de melancolía ya desde fuera una colección de once lamentos que cortan la respiración. Smith se alía de nuevo con Kaye, Daugherty y viejos amigos como Tom Verlaine, e incluso el mismísimo Jeff Buckley rinde pleitesía a la vocalista, aportando su voz en los coros de la inmensa “Beneath the southern cross”, dedicada a su marido. Devuelve el favor a la generación Grunge dedicando “About a boy” al recién fallecido Cobain, e incluso versionea el “Wicked Messenger” de Dylan. En definitiva, “Gone again” es un trabajo soberbio, lleno de poesía y dolor, que entronca directamente con aquellos días de angustia existencial tan de los 90, y que siempre es un placer recuperar, entre el “Grace” de Jeff Buckley, y cualquiera de los primeros discos de Mark Lanegan.

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Y bien, lo que ha venido después no es que haya sido para tirar cohetes, pero parece mantenerse en mejor forma que contemporáneos suyos como Lou Reed (y sus bochornosas actuaciones, gurú zen incluido) o John Cale, y ya no digamos los enfant terrible del punk de la época. Quizá no haya vuelto a editar un nuevo clásico, pero tampoco ha decepcionado a sus devotos, y su directo sigue siendo de un nivel bastante alto. El problema no es otro que la standarización del sonido, y que álbumes como “Peace and Noise” (1998) y “Trampin’” (2004) rezumen convencionalidad en formas, y la hagan parecer una cantautora, ese odioso término del que precisamente ella era némesis en los setenta. O que no haya sabido separar su militancia política de su discurso artístico, al menos cuando visita Europa, ya que un tema tan plano como “People have the power”, aunque en USA suene militante y aguerrido, en el viejo continente nos resulte un burdo e infantiloide panfleto buenrollista, y de otros como “Ghandi” o “Peaceable Kingdom” mejor no decimos nada. A la altura de lo peor de cantautores coñazo como Jackson Browne o Billy Bragg.

Pero la de songwriter es, ante todo, una profesión que exige tanta dedicación como talento innato, y en su caso, en cada uno de sus discos encontramos esos cuatro o cinco temas perfectos que nos emocionan como antaño. Desde luego, aunque sus días dorados queden muy lejos, las buenas canciones seguirán huerfanas de oídos ansiosos de emocionarse, y la poesía siempre tendrá un lugar en la dieta musical de aquellos que no se conforman con canciones que hablen de chicas, coches y corazones rotos. Ahí seguirá Patti, vieja y al mismo tiempo extrañamente joven, cantando a caballos salvajes, alucinaciones febriles y a fabricas de meados. Fascinada con Dylan y Rimbaud y deseando subirse al escenario, para ser, una vez más, la genuína negrata del Rock n’ Roll.

J.L. Fernandez, 2007. Artículo completo publicado en el nº405 de la revista Popular 1.

 

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