J.L. Fernandez's Blog

Interviews, articles, and other synthetic delusions of the Electric Head

Johnny Cash y Rick Rubin: American Recordings

Posted by jlfercan en agosto 29, 2009

Cuando se conocieron en aquel camerino a principios de los 90, parecían venir de mundos opuestos. Él era el productor de moda, y gracias a su sagaz visión comercial había llevado a las masas géneros como el Rap, el Crossover o el Metal más duro. Ante sí tenía a una leyenda Country venida a menos y maltratada por la industria, a punto de arrojar la toalla. Juntos harían historia, y Johnny Cash renacería de sus cenizas para erigirse como icono de una generación mucho más joven que él, que ni siquiera había nacido cuando el artista realizaba sus primeras giras en compañía de Elvis, Jerry Lee y Roy Orbison. Cada generación tiene sus propios mitos musicales. En nuestro caso, podemos estar orgullosos de ser testigos de una de las colaboraciones más emocionantes de todos los tiempos: los cinco volúmenes de “American Recordings” que el hombre de negro registró junto a Rick Rubin.

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Pocas estrellas lo pasaron tan mal durante los años 80 como nuestro protagonista. A finales de la década de los sintetizadores y las hombreras, el autor de “Folsom Prison Blues” era, prácticamente, un artista olvidado, y se limitaba a sobrevivir en el circuito de viejas glorias interpretando sus viejos hits, sin posibilidad de redención a la vista. Mientras leyendas como Dylan o Neil Young gozaban del status privilegiado que les correspondía a pesar de los altibajos artísticos, el hombre de negro estaba pagando un precio excesivamente alto por su falta de inspiración. En primer lugar, fue despedido de Columbia, casa a la que había hecho grande gracias a éxitos como “Ring of fire”. Más desorientado que nunca, ficha por Mercury Records, registrando una serie de trabajos de bajo perfil que no son promocionados lo suficiente, y que contenían canciones mediocres que presentaban a una leyenda en decadencia, a punto de convertirse en una parodia de sí mismo, por lo que es comprensible que el público terminara olvidándose prácticamente de él. Sus viejos hits en Sun Records o su exitoso show televisivo en los 60 eran recuerdos excesivamente lejanos para una década en la que todo estaba cambiando demasiado deprisa.

El hombre destinado a salvar su carrera estaba, por el contrario, saboreando las mieles del éxito gracias a esos mismos cambios. Las obras más exitosas de bandas como Slayer, Beastie Boys, Red Hot Chili Peppers o The Cult le debían algo más que una producción eficaz. Su secreto era más bien una visión orgánica de la música, capaz de separar el grano de la paja y extraer la esencia misma de esas formaciones, algo inusual para alguien sin una formación musical específica. En su ascensión al estrellato, había visto y hecho de todo: el auge del black power y el hip hop fichando a Public Enema para su sello, la morbosa atracción por lo macabro en el controvertido “Reign in blood” de Slayer, o la explosión comercial de unos Red Hot Chili Peppers consumidos por los estupefacientes. Por no hablar de lo complicado que debía ser lidiar con personalidades tan difíciles como las de Glenn Danzig o Ian Astbury. Trabajos marcados, en cierto modo, por connotaciones extremas, que marcaban el pulso de las listas de ventas a principios de los 90.

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Pero alguien como Rubin no se conformaba con ser el nuevo Rey Midas del Rock, sino que ansiaba ese proyecto definitivo que le hiciese ser recordado como uno de los grandes. Ese clásico incontestable capaz de ser disfrutado por aficionados de toda clase y condición. “Todavía no había trabajado con ningún artista adulto, me había limitado a hacer famosas a bandas nuevas, y creí que sería un reto interesante”.

Lo que pocos saben es que Cash ni siquiera fue el primer objetivo para Rubin, sino que éste pensó inicialmente en Roy Orbison, que acababa de terminar la grabación del magistral “Mystery girl”, que se editaría póstumamente. Ambos registraron un tema que acabaría apareciendo en la banda sonora del film “Less than zero”, pero cuando las cosas empezaban a encarrilarse, la muerte de Orbison frustró la posibilidad de completar un álbum. No podemos quejarnos, su despedida discográfica no pudo ser mejor, pero quizá de no habernos abandonado tan pronto no habríamos tenido la posibilidad de disfrutar del tandem Rubin-Cash. “Cuando perdimos a Roy, me dije a mí mismo, ¿Quién es un gran artista y no consigue el reconocimiento que merece? Y el primero que me vino a la mente fue Johnny Cash. Sabía que estaba bastante perdido musicalmente, pero yo amaba esa voz. Estaba seguro de que podíamos hacer algo grande juntos”.

El primer encuentro entre ambos transcurrió, sin embargo, marcado por la indiferencia de un artista herido en su orgullo y que consideraba a aquel treintañero poco menos que un listillo. Accedió a recibir a Rubin en el backstage tras una de sus decadentes actuaciones, pero el encuentro fue bastante incómodo para ambos. “Me encontré a un hombre agotado”, comentaría Rubin, “su silencio me incomodaba. Le ofrecí hacer un álbum juntos, y no mostró entusiasmo alguno. Tuve la sensación de que pensaba seriamente en retirarse. Había grabado un centenar de discos, así que hacer otro no le parecía una gran oferta. Pero su presencia seguía siendo imponente y yo sabía que había un gran potencial ahí”.

Es sorprendente que alguien como Cash, que había trabajado con gente como Sam Phillips o todos los grandes de Nashville en los 60 se pusiera en manos de un productor como Rubin, pero el artista terminó tragándose su orgullo y poniéndose en manos del gurú del nuevo Rock alternativo, fantaseando con volver a primera plana aunque fuese a costa de aliarse con un productor de moda. Creyendo que se trataba de grabar otro disco más de Country clásico, acudió a casa de Rubin con algunas canciones. No imaginaba que acabaría grabando un material cercano en espíritu torturado pero totalmente alejado de su sonido habitual.

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Por primera vez en muchos años, Cash sintió que por fin alguien entendía su música y los resortes que pretendía tocar con sus composiciones. Rubin lo tenía claro: quería la voz del mito en primer plano, y convertir las contradicciones y los demonios interiores de su personaje en el motor que relanzara su carrera. Ambos, interesados por la historia de la música, pero también por la espiritualidad, no tardarían en congeniar, y en idear ese ambiente lóbrego y crepuscular que recorre la primera de sus cinco colaboraciones en estudio. “Grabar así, sólo con mi voz y mi guitarra, no era nada nuevo para mi”, comentaría Cash por aquella época, “yo solía trabajar de ese modo muchas veces, era lo que yo llamaba “Johnny Cash alone and late”, pero cuando empezamos a grabar, fue mágico. Era todo muy prosaico, Rick y yo en su salón, con sus perros olfateando mis pies mientras tocaba aquellas fabulosas canciones”.

A lo largo de sus años de esplendor, Cash había portado diferentes máscaras. Ya fuese la del fuera de la ley “que disparó a un hombre en Reno sólo para verle morir”, la del romántico irredento que cruzaba la línea para caer en un círculo de fuego, la del pobre diablo al que el cabrón de su padre había bautizado con nombre de chica para que supiera defenderse en la vida, o la del intérprete Gospel devoto del Evangelio, cantando por la salvación de los hombres. Pero, ¿cuál es la auténtica cara del hombre que ha sido todas y cada una de esas cosas?. Eso es lo que encontramos en “American Recordings”, al personaje enfrentándose a su contradicción y rezando por la salvación de su alma, logrando así una empatía mayor con su público que la de aquellos personajes sacados del salvaje Oeste que resultaban figuras arcaicas y perdidas en el tiempo.

Al contrario de la faceta mística y profética que siemrpe tuvo una figura como Dylan, la de Cash siempre pudo presumir de un perfil humanista que le alejó de sus contemporáneos. La de continuador de la vieja tradición Folk estadounidense, aquella que se convertiría en piedra una vez llegasen esos nuevos tiempos que Dylan anunciaba como algo irremediable. Un cancionero compuesto por historias rurales del Sur estadounidense y sus campos de algodón, de héroes mitológicos como Jesse James o John Henry, de ahorcados y forajidos, de condenados esperando una cita con la silla eléctrica tras alguna estupidez de juventud… prácticamente toda su carrera es una oda al hombre común de su país. Hasta que, en este preciso instante, la vejez y el peso de los pecados hacen su aparición, y Rubin convierte al trovador en un habitante de esa América que ya solo existía en libros y canciones.

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Pero el viaje a esos tiempos pretéritos no sería agradable, ni el viajero podría regresar a casa sano y salvo. El que nos observa desafiante desde la portada del primer “American Recordings” es un hombre consumido por toda suerte de demonios del pasado, y con inconfesables contradicciones. Las del amante enloquecido por los celos que da su merecido a la ingrata Deliah (“el primer disparo la alcanzó en el costado/ me dolía verla sufrir/ pero con el segundo por fin la maté”), y las del hombre que al mismo tiempo entona desesperados cánticos espirituales o narra la majestuosidad de una locomotora abriéndose paso entre la niebla. La misma oscuridad existente en su personalidad pública, ya que podemos recordarle como el hombre enamorado de June Carter, que paraba su actuación para pedirle matrimonio en el mismo escenario, pero también podemos hacerlo como el hombre que destrozaba habitaciones de hotel cegado por las anfetaminas. Como aquel que, en definitiva, era jaleado por un público de asesinos y violadores cada vez que actuaba en una prisión como si fuera uno de los suyos. O como el artista que había destrozado a patadas las luces del escenario del sagrado Grand Ole Dopry. Esa dualidad siempre había estado ahí. Lo único que hizo Rubin fue enfocarla de modo que quedase en primer plano, para regocijo del público de los 90, convirtiéndola en materia prima para un material más desgarrador que nunca.

Sus clips triunfaron en la MTV, el álbum ganó varios Grammy y en seguida llegó la segunda parte, en la que Cash adaptaría a su estilo temas de artistas actuales como Beck o Soundgarden. Dentro del concepto unitario que recorría la serie, Rubin fue lo suficientemente inteligente para que cada trabajo tuviera su propia personalidad. Así, si en el primero reinaba la austeridad, en su sucesor, “Unchained”, Cash contaría como banda de acompañamiento con los mismísimos Tom Petty & the Heartbreakers, quienes aportarían un toque de vigoroso Rock & Roll al resultado final. Los restantes volúmenes, sin embargo, terminarían siendo, involuntariamente, un retrato de la decadencia física del artista y de la proximidad de la muerte, mostrando a un hombre cansado que empezaba a acusar los primeros síntomas del síndrome de Shy-Drager.

Probablemente ni artista ni productor lo idearon así en un principio, pero los American Recordings dejaron de ser, a partir del tercer volumen, un ejercicio de estilo, para convertirse en testamento de un genio viviendo sus últimos días, obsesionado con la figura de la guadaña.

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Cuando en 2001 Cash sufre un amago de infarto y queda postrado en una silla de ruedas, Rubin ordena detener el trabajo, pero recibe una airada respuesta negativa del cantante, negándose a tirar la toalla. Simplemente deseaba dejar este mundo grabando un último clásico, y la relación entre ambos se fue convirtiendo en algo obsesivo. Rubin instaló una cama en su mansión para que el cantante pudiera residir alli mientras duraban las sesiones, y que tan sólo tuviese que bajar en ascensor hasta el estudio tras levantarse cada mañana.

Ambos solían comulgar cada día en un altar improvisado para la ocasión, y realizaban una larga lista de plegarias tras cada sesión de trabajo. Durante las temporadas en que el artista regresaba a casa junto a June Carter, rezaban juntos vía telefónica. Rubin, más que un consejero musical, terminó convirtiéndose en un gurú, en un amuleto, y en su apoyo más fuerte para afrontar su enfermedad. Consciente de que aquellas sesiones tenían los días contados, abrió las puertas de su casa a aquellos artistas que deseasen colaborar en los trabajos, y por lo que hemos podido comprobar en la caja “Unearthed”, por allí se pasó gente como Nick Cave, Joe Strummer, Willie Nelson, Flea, y un sinfín más, en la que ha sido una de las reuniones de talentos más espectaculares de todos los tiempos.

Tras salir mal parado de una operación bucal, los médicos ofrecen como única solución a Cash vivir sedado a base de calmantes, o perder la voz. Pero la adicción a las pastillas había destrozado su vida en dos ocasiones: una en los 60, cuando se convirtió en adicto a las anfetas para aguantar el trajín de las larguísimas giras, y otro en los 80, cuando el tratamiento de una lesión de rodilla le hizo recaer. Cash optó por resignarse a sobrellevar el sufrimiento hasta el final, y convenció a Rubin para registrar juntos sus últimas canciones. Y nos golpeó con una de sus obras definitivas: “American IV: The man comes around”, uno de los álbumes más dolorosos y emotivos que uno pueda escuchar. Y qué decir de esa maravillosa versión de “Hurt” de Nine Inch Nails, de la que el propio Trent Reznor afirma que dejó de pertenecerle en cuanto el hombre de negro decidió interpretarla. Cash solía referirse a ella como “la mejor canción sobre drogas que he escuchado. Podría haber sido un tema mío de los 70”.

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Pese a que los médicos le habían diagnosticado unos pocos meses de vida, logra alargar milagrosamente su estancia en este mundo y registrar una cantidad ingente de material. Gran parte de él aparecería en “Unearthed” y en el quinto volumen (póstumo) de la serie. Asimismo, destaca claramente “My mother’s hymn book”, preciosa colección de espirituales dedicada a su madre, con la que planeaba despedirse quitándose una espina con la que había convivido todos esos años: el reconocimiento, por fin, a su calidad como intérprete Gospel, la música con la que había crecido.

Las cosas se torcieron definitivamente en septiembre de 2003, cuando fallece su amada June Carter. Pudimos verles juntos por última vez en el estremecedor clip de “Hurt”, y da la impresión de que, tras su pérdida, Cash fue incapaz de resistir la ausencia de la mujer que había compartido con él los últimos cuarenta años de su vida. “Tres días después del funeral de June me llamó por teléfono”, relata Rubin, “y me decía que quería terminar las canciones que teníamos pendientes. Yo le decía “No, John, quédate unos días en casa y descansa”, pero él insistía: “Dios mio, tienes que darme algo que hacer, o me volveré loco”. Más melancólico que nunca, un Johnny Cash visiblemente abatido concedía una última entrevista a Larry King, periodista estrella de la tv estadounidense. “Lo que yo tengo no tiene cura, pero no me preocupa: la vida tampoco la tiene”.

Pasarían apenas cuatro meses hasta que su corazón se parase en un hospital de Nashvile. Desde entonces, hemos visto su figura reivindicada en libros, películas, comics… Pero si queremos hacernos una idea del auténtico status del que gozaba, debemos escuchar a sus compañeros de profesión. Alguien que le conoció bien fue Bob Dylan, que escribía una breve pero clarificadora nota para la prensa estadounidense tras el deceso del hombre de negro: “Johnny era y es la Estrella del Norte. Puedes guiar tu barco siguiéndole, y acabarás encontrando el rumbo. Si queremos saber lo que significa ser mortal, no necesitamos ver más allá de su figura. Bendecido con una profunda imaginación, usó su talento para expresar las diversas causas perdidas del alma humana. Es algo milagroso y humilde al mismo tiempo. Escúchale y siemrpe te hará recuperar la cordura. Está por encima de todos y nunca morirá ni será olvidado, ni siquiera por los que aún no han nacido mientras escribo estas líneas. Y eso será así para siempre”.

J.L. Fernandez, 2008. Artículo completo publicado dentro del reportaje “Johnny Cash: American Recordings”, escrito por Fernando Tanxencias y J.L. Fernandez, publicado en el nº414 de la revista Popular 1.

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