J.L. Fernandez's Blog

Interviews, articles, and other synthetic delusions of the Electric Head

Dr. John. La odisea del viajero nocturno

Posted by jlfercan en junio 22, 2012

En algún lugar del camino, Mac Rebennack selló un pacto con el diablo. Renunciando a su nombre por el de un legendario curandero ocultista, para conocer los secretos de una alquimia sonora capaz de tender puentes entre el vudú, la psicodelia, y los ritmos de una Nueva Orleans desconocida. Facturando bajo el alias de The Night Tripper una serie de trabajos que calaron hondo en la contracultura de la época, cuyo máximo exponente es el totémico Gris-Gris (1968). Recién ingresado en el Rock and Roll Hall of Fame, muchos se animarán, sin duda, a redescubrir aquella etapa. La misma que, cuatro décadas después, sigue arrastrando bajo su influjo a los oyentes más inquietos.

Relegado habitualmente en el imaginario colectivo a su condición de icono de Nueva Orleans, la ciudad en la que se formó como intérprete no fue, sin embargo, la de los días de gloria del Dixieland, ni la de los pioneros que pondrían los cimientos para al advenimiento del Rock & Roll, sino una Nueva Orleans que comenzaba a vislumbrar su imparable decadencia como epicentro musical de América, perdiendo empuje en favor de los sonidos llegados de Chicago, Detroit o Memphis.

Tradicionalmente poco dada a academicismos, la escena local gravitaba en torno a la vibrante programación nocturna de un centenar de locales de distinto pelaje ubicados en torno a Bourbon Street y aledaños del barrio francés, en los que sonaba música en vivo las veinticuatro horas del día. Todavía lejos de la vorágine turística actual, las calles de Crescent City mantenían intacta su aura de peligro, desde que fueran tomadas por piratas y traficantes de esclavos en centurias pretéritas. Allí fermentó una escena muchas veces al margen de la ley, en la que los músicos de jazz se curtían en burdeles y las melodías se aprendían en prisiones. Un circuito de antros de mala muerte regentados por truhanes y mafiosos, donde las peleas estaban a la orden del día y el artista de turno podía terminar con una bala en la cabeza por flirtear con la dama equivocada.

La falta de oportunidades y la popularización de un estilo musical hasta entonces marginal había desatado una darwiniana lucha por la supervivencia, ejemplificada en los famosos cutting contests: concursos en los que solistas primerizos (sobre todo pianistas) irrumpían por sopresa actuaciones de intérpretes consagrados con el objetivo de robarles el puesto, alentados por los propios dueños de los clubs y jaleados por la audiencia, y que solían terminar fuera de la sala a tiros o navajazos, dependiendo de la susceptibilidad de los contendientes. Fue en ese ambiente, estimulante y caníbal, en el que un joven Mac Rebennack fantaseaba con emular las melodías que manaban de las gramolas que reparaba su padre, propietario de una modesta tienda de electrodomésticos.

Niño prodigio desde temprana edad, aprendería piano en una prestigiosa escuela de música, aunque acabaría decantándose por la guitarra, hastiado por el academiscismo del aprendizaje reglado, y buscando refugio en los veteranos músicos de Blues. Concretamente, en el ex guitarrista de Fats Domino Walter “Papoose” Nelson, que vivía a pocas calles de su casa, y que le obligaría a tocar la guitarra rítmica durante horas hasta que sus dedos, literalmente, sangrasen. Siendo todavía un estudiante, malvendería sus primerizas composiciones a los sellos locales, para escucharlas después en boca de estrellas como Lloyd Price o Art Neville sin ver llegar a ver su nombre reflejado en los créditos. Posteriormente se enrolaría como guitarrista en la banda de una predicadora gospel, alcohólica y tiránica con sus músicos, con la que experimentaría los primeros sinsabores detrás del escenario.

Heroinómano desde los trece años -tardaría cuatro décadas en desengancharse definitivamente- las drogas ejercieron de engañoso placebo a su inseguridad a la hora de competir con los colosos que dominaban la escena local y lidiar con los obstáculos comunes a la profesión: las salas vacías, el público ingrato, los promotores chupasangre. El miedo a estancarse para siempre en locales de cuarta categoría.

No tardaría en comandar una banda de forajidos curtidos en mil batallas, en cuyas filas militaban ex convictos, proxenetas y fugitivos de la justicia que iban cayendo víctima de sobredosis y redadas, para ser reemplazados posteriormente por otros de similar calaña. Versátiles y respetados como formación de directo, respaldaban habitualmente a las estrellas que actuaban en la ciudad (Jerry Lee Lewis, Joe Tex), gastándose a menudo la paga en juergas que duraban noches enteras.

La bala que frustraría su carrera como guitarrista no llevaba su nombre, pero se cruzó en su camino en Florida, cuando el propietario del motel en el que se alojaban encañonó al joven cantante de la banda, Ronnie Barron, tras cazarlo flirteando con su mujer. Tras salir en su defensa, nuestro hombre encajaría un disparo que casi le arrancó de cuajo su dedo anular. Aunque los médicos lo reconstruirían, nunca sería capaz de volver a tocar como antaño. Lo intentaría con el bajo, en algunas de las bandas funcionariales que interpretaban standards para los turistas en Bourbon Street, una experiencia desoladora que le hizo hundirse todavía más en el consumo de estupefacientes. Y que le haría retomar el piano incorporando parte del estilo de su admirado Professor Longhair.

Es difícil ser un santo en la ciudad del pecado

Cuando Nueva Orleans aún no había hecho del libertinaje su marca turística, su deriva era vista con preocupación por las autoridades. En concreto, por un fiscal de distrito llamado Jim Garrison, asiduo antiguamente a prostíbulos y casas de juego, que inició nada más llegar al cargo una cruzada personal contra el vicio con la furia del converso. Irónicamente, con la clausura de la mayoría de locales que servían de refugio a tantos músicos, muchos se buscarían la vida como camellos, proxenetas y matones a sueldo cuando empezó a escasear el trabajo.

Como tantos otros, Rebennack y los suyos tuvieron que buscar sustento girando por los estados cercanos. El New Orleans Sound y sus figuras seguían siendo poderoso reclamo, y aprovechando la invisibilidad de aquella música en los medios de comunicación, fueron muchos los intérpretes anónimos que se especializaron en shows fraudulentos, haciéndose pasar por estrellas consagradas de la ciudad, ante las audiencias de los peores tugurios en Missisippi o Alabama, a los que era fácil dar gato por liebre.

 

La heroína sería su amarga compañera en los años posteriores, y su biografía en esos años es prolija en anécdotas escabrosas. “Intenté convertirme en proxeneta” -confiesa en su autobiografía Under a hoodoo moon-, “y puse a varias chicas en la calle a trabajar para mi, hasta que el novio de una de ellas, que era policía anti vicio, me pateó el culo por todo Bourbon Street. Después, conocí a un médico abortista que había ejercido en los campos de concentración nazis, que me propuso un buen trato. Lo único que tenía que hacer era deshacerme de los fetos. Él me daba un pequeño paquete, y por la noche yo lo arrojaba a un canal de drenaje. Las imágenes de los bebés muertos flotando en el agua me persiguieron en mis pesadillas durante años”.

Convertido en sospechoso habitual para la policía, las redadas se convirtieron en el recibimiento habitual para la banda allí donde se presentasen, y no tardaría en terminar entre rejas. Trincados in fraganti tras una compra de heroína, que él achaca a una delación motivada por la envidia de músicos rivales, sería sentenciado a varios meses en un penal de Texas, y obligado a asistir allí a un intensivo e inútil programa de desintoxicación, propio de unos años en los que los adictos no eran considerados enfermos, sino viciosos necesitados de mano dura. “Buscaban a los reclusos que llevábamos peor el mono, y nos convencían para que nos presentásemos voluntarios para experimentos médicos, prometiéndonos el colocón de nuestra vida. La primera vez que fui, me inyectaron algo y sentí como si mi corazón fuese a estallar. Me quedé semi inconsciente, y después me dieron electroshocks. Desperté en mi celda, y a la mañana siguiente vi sobre una camilla el cuerpo de otro de los voluntarios. Llevaba horas muerto, pero su cuerpo seguía sacudiéndose, como con impulsos eléctricos. Estábamos tan desesperados, que firmábamos una autorización por la que cedíamos nuestro cuerpo a la prisión en caso de fallecer, sin que nadie tuviese derecho a reclamarlo después”.

Cumplida su condena, con la escena de su ciudad natal en coma profundo, y una orden que le prohibía pisarla durante un tiempo, puso rumbo a Los Angeles, exilio de muchos de sus viejos compañeros de aventuras.

Caminando sobre brasas encendidas

En LA se reencontraría con un viejo conocido, Harold Battiste, que le introduciría en sociedad. Enormemente respetado como productor y arreglista, era el hombre detrás de los primeros éxitos de Sam Cooke, y colaborador habitual de Phil Spector. Afroamericano y orgulloso, había impulsado AFO Records, la primera compañía gestionada íntegramente por artistas negros, y le conseguiría numerosos trabajos como músico de sesión, que aunque meramente alimenticios, le permitirían trabajar junto a Spector y descubrir el rock ácido tras conocer a Frank Zappa.

Más allá de la mera subsistencia, bullía en su mente la idea de reunir a una banda de veteranos de Nueva Orleans y crear un trabajo que devolviera la dignidad a la anquilosada música de la ciudad, huyendo del lado más festivo del Mardi Gras para ofrecer un enfoque inédito: el de su tradición vudú. Para ello tomaría el nombre de Dr. John, legendario hechicero de principios del siglo XIX, que además ejercería como hilo conductor del trabajo.

Aunque parezca grabado en un pantano de Louisiana a medianoche, Gris-Gris fue registrado en la soleada California, y nunca hubiese visto la luz de no ser por los contactos de Battiste, quien movería sus influencias para conseguir un contrato con ATCO, filial de Atlantic, para editar el disco. Gracias a uno de sus protegidos, Sonny Bono (a quien estaba produciendo un trabajo junto a Cher) pudieron disponer a su antojo del estudio que éste tenía en Hollywood, entre sesión y sesión.

Hipnótico y rebosante de espiritualidad pagana, Gris-Gris se adentra en el crisol de culturas de Louisiana (cajún, africana y caribeña) creando un lenguaje musical propio, sugerente y primitivo, cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos. Es, en ese sentido, un álbum más cercano al canon africano que al occidental, y que no busca ser disfrutado racionalmente, sino llevar, literalmente, a un trance al oyente. Gracias a una sugestiva producción a cargo del propio Battiste, entran en escena elementos tan ajenos al Rock del momento como percusiones tribales, flautas, mandolinas, extraños ruidos de animales y unas etéreas coristas que añaden, cual sirenas y sus cantos de perdición, más extrañeza si cabe a la experiencia.

Extraordinariamente secuenciado, la música fluye como en un extraño ritual en el que el Doctor se muestra como un ser llegado directamente del averno. Alternando danzas animistas con el funk suave de «Mama Roux», y alcanzando el clímax en la andanada de «I walk on guilded splinters», auténtico blues satánico donde el Doctor termina hablando en lenguas y amenazando de muerte a sus enemigos. Un tema que sentaría cátedra y conocería posteriormente grandes versiones a cargo de Humble Pie o Paul Weller.

En cuanto las primeras demos llegaron a la discográfica, empezaron los problemas. El mismísimo Ahmet Ertegun, capitoste de Atlantic, llegó a irrumpir en el estudio y amenazar a los músicos con enterrar aquella “basura boogaloo” si no cambiaban de directrices. Pero pronto comprendería el potencial de la obra para calar entre una juventud que nadaba en alucinógenos y buscaba fórmulas alternativas de espiritualidad. Consecuentemente, se convertiría en un disco de culto desde el mismo momento de su edición.

Príncipe de Babilonia

Una de las claves de su éxito fue llevar el concepto de Gris-Gris a la carretera, en una espectacular gira de presentación. Gracias a una cuidada puesta en escena que basculaba entre la ritualidad de la santería caribeña y el colorido del Mardi Gras, Dr. John sería abrazado como un chamán psicodélico por la generación hippy. En la tradición de los viejos circos ambulantes, ésta caravana de alucinados (y colocados hasta las cejas) trovadores pronto llevarían su espectáculo a los lugares más inhóspitos.

Mientras tanto, en Nueva Orleans, algunos practicantes de vudú se sintieron molestos con que uno de sus vecinos se estuviese lucrando con sus creencias, y Dr. John se vio obligado a verse las caras con el consejo de reverend mothers -mujeres de avanzada edad que ejercían de curanderas y adivinadoras- de la ciudad, que le exigían invertir parte de sus ganancias en un templo vudú, que acabaría llamándose Dr. John Temple of Voodoo, y en el que el artista estaría fuertemente involucrado, quizá por no tentar a los espíritus. “Cada vez que volvía a la ciudad, ellas me llamaban, e insistían en adoctrinarme sobre el auténtico vudú, y todo lo que tenía que ver con su práctica. Llegué a forjar una gran amistad con aquellas mujeres, aunque vivían en su propia realidad”.

Incapaz de controlar sus adicciones y paranoico por el acoso policial, potenció un carácter cada vez más ególatra y tiránico, y los miembros de su banda comenzaron a desertar. Como tocado por el mal fario, sus siguientes obras como The Night Tripper saldrían a la luz en circunstancias harto complicadas. Babylon (1968) se alejaba de la hechicería por momentos para adentrarse en el free jazz, y sus letras apocalípticas pretendían reflejar el signo de unos tiempos convulsos, reflejo de su caótica vida por entonces.

Tras una nueva redada, Rebennack sería recluido en un centro de desintoxicación, y su mánager Charlie Green editaría sin su consentimiento una serie de maquetas inacabadas que daría como resultado Remedies (1969), un álbum del que su autor siempre ha renegado. Para colmo de males, tuvo que realizar una gira en Europa con músicos locales (la mayoría de miembros de su banda no podían lograr un visado, debido a sus antecedentes por asuntos de drogas) que fue un auténtico desastre.

Desconfiando de todo y de todos, decidió irse a Londres para acometer su proyecto más ambicioso, un álbum triple, titulado The sun, moon & herbs (1971), para el que contó con el prestigioso Jerry Wexler a los controles, y la flor y nata del rock británico de la época, con Mick Jagger, Graham Bong y Eric Clapton a la cabeza, admiradores confesos de su trabajo, que protagonizaron sesiones interminables propulsadas por combustible de dudosa legalidad. Aunque el proyecto se frustraría al perder su mánager parte del material, resultando imposible determinar quien toca cada tema, y apareciendo finalmente como LP simple. Pese a ello, estamos ante su mejor disco desde Gris-Gris, puro LSD de Nueva Orleans con algunas de sus canciones más sobresalientes.

El traje de chamán se le quedaría pronto pequeño, y abandonaría su personaje para codearse con lo más florido del mainstream, participando en las sesiones del Exile on main street de los Stones (ponía su piano en «Let it loose», y daría a éstos la idea de recuperar viejos temas de blues con letras pornográficas, germen de la idea que llevarían a cabo en «Cocksucker Blues»), y llevando la música tradicional del Mardi Gras a las masas con el magnífico Gumbo (1972), celebrada revisión de standards que serían su pasaporte a terrenos más accesibles.

Su etapa como Night Tripper finalizó entonces, pero su influencia puede rastrearse en todo lo que ha venido haciendo Tom Waits desde su etapa Island, así como en buena parte del trabajo de Leon Russell. Y sus ecos llegan amplificados en el caso de modernos bluesmen (Papa Mali), jóvenes bandas de Rock (The White Stripes) o leyendas como Alice Cooper, que recientemente reconocía el impacto causado por los viejos discos del doctor en sus inicios. Vasos comunicantes que demuestran que la historia de la música se sigue escribiendo con renglones torcidos.

Lagarto, Lagarto

El chamanismo fue abandonado pronto en aras de sonidos más accesibles, pero Dr. John fue el responsable de introducir el vudú en el Rock. Un hecho sin precedentes si exceptuamos la pantomima de Screamin’ Jay Hawkins en los 50.

Aunque en éste caso, y pese a que la idea era representar de forma fidedigna una tradición cultural de su tierra de origen, los resultados están lejos de constituir un ensayo antropológico en la materia, y son más bien una gigantesca invención, puesto a que, debido a su condición de religión no organizada y semiclandestina, no tenemos constancia de los ritmos que acompañan a sus principales ritos.

Lejos de la grotesca caricatura con el que Hollywood lo estigmatizaría, el vudú no era sino la herencia cultural de los caribeños vendidos en Nueva Orleans como esclavos, con raíces en África. Presente entre las capas más humildes de la ciudad hasta bien entrados los años 60, ejercía el papel de placebo para los miserables, naciendo así un paisaje humano en la sombra formado por curanderos, adivinadores, y charlatanes de todo tipo. Nexo de unión de una comunidad de esclavos con orígenes dispersos, sus conjuros y maldiciones contra los opresores causarían terror entre los blancos, hasta el punto de que los españoles interrumpieron la exportación de esclavos desde la Isla Martinica declarando como causa oficial el miedo a dichas prácticas. Aunque hoy sabemos que probablemente lo que temiesen sería una revuelta de esclavos.

El Dr. John del que Mac Rebennack tomaría su nombre artístico no era ningún facultativo, sino una de las grandes autoridades del vudú en Nueva Orleans a principios del Siglo XIX, y líder primigenio de la comunidad negra en la ciudad. De nombre real John Montaigne, y también conocido como Bayou John, se trataba de una figura venerada por los miserables y temido por las clases aristocráticas. Aquel hombre imponente, que aseguraba haber sido un príncipe en Senegal y vendido después como esclavo en Cuba, se había ganado su libertad en la isla caribeña para hacerse marinero, y recalaría en Louisiana, ejerciendo una gran influencia. Aunque la leyenda le atribuye todo tipo de poderes mágicos y adivinatorios, su secreto fue mucho más simple: establecer una red de informadores, generalmente sirvientes en casas de familias adineradas, cuya información utilizaba posteriormente para chantajear a los poderosos. Su discípula, Marie Laveau, fue una de las damas más influyentes de la sociedad de su tiempo, y sigue estando considerada la reina del vudú, cuya tumba ha terminado convirtiéndose en una atracción turística visitada por miles de personas cada año.

Precisamente Rebennack decidiría centrar Gris-Gris en dicho personaje tras comprobar en documentación de la época que el ocultista había sido encarcelado por regentar presuntamente un burdel en compañía de una tal Pauline Rebennack. quien por su apellido tenía muchas papeletas deser pariente suya, lo que le pareció premonitorio.

En un primer momento, la idea era que fuese el cantante de su banda, Ronnie Barron, quien interpretase al doctor, pero éste lo descartó tras los consejos de su mánager, que pretendía orientar su carrera hacia un sonido soul sofisticado en la onda de The Impressions.

Su interés real por el vudú y la magia se acrecentarían con los años, y llegaría al extremo de adquirir una auténtica cabeza humana reducida en un ritual, que colgaría de su cuello en sus primeras giras. Un nuevo y apreciado miembro de su banda al que bautizaron como Prince, y que a punto estuvo de llevarle de nuevo a prisión cuando fue confiscado por la policía en una redada. De haber sido víctima de un crimen, las cosas se hubiesen puesto feas, pero el bueno de Prince resultó ser en última instancia parte de un cuerpo donado a una facultad de medicina en el siglo XIX.

J.L. Fernandez, 2011. Publicado en la revista Ruta 66.

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