J.L. Fernandez's Blog

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David Simon. Claroscuro del sueño americano

Posted by jlfercan en marzo 17, 2013

 “¿Mi secreto para ser verosímil? Sólo tengo uno: que se joda el espectador medio, esa persona acomodada a la que hay que explicárselo todo. Que le jodan pero bien” David Simon

Muchos años antes de escribir su nombre con letras de oro en la ficción televisiva, David Simon es uno de tantos reporteros de sucesos que toman notas en la escena del crimen, mientras escribe su primera novela. Su matrimonio se desmorona y su profesión se devalúa en aras de la rentabilidad a cualquier precio, por lo que ha pedido una excedencia de un año para infiltrarse en una brigada de homicidios desbordada y falta de medios. Encontrará la redención en un mundo al que no pertenece, compartiendo camaradería en coches patrulla y humor patibulario tras los precintos policiales. El resultado, Homicidio (1989), un audaz relato a caballo entre el periodismo y la novela policíaca alabado por Norman Mailer y Martin Amis, le abrirá las puertas de la televisión, convertido por la NBC en una serie que durará siete temporadas en antena. Casi dos décadas después, The Wire, Trème o Generation Kill le coronarán como uno de los grandes creadores audiovisuales contemporáneos.

Dando la vuelta a ese tópico que asegura que Shakespeare trabajaría como guionista para la HBO si viviese en nuestros días, podemos considerar a Simon un gran escritor que se ha servido de la cadena de pago para intentar escribir la Gran novela americana de este siglo. Agudo observador de la realidad de su país, en sus manos la televisión se convierte en una poderosa arma de denuncia social. Ya sea en las deprimidas esquinas de Baltimore, la invasión de Irak, o la Nueva Orleans post Katrina, su obra se caracteriza por condenar los abusos del capitalismo salvaje sobre los más débiles: la desigualdad de oportunidades, la corrupción política y la inutilidad de una lucha contra las drogas que enriquece a los que las distribuyen y llena cárceles y cementerios con quienes las consumen.

Nunca antes la pequeña pantalla había mostrado con tanto naturalismo los claroscuros del sueño americano, apelando constantemente a la conciencia del espectador en el lenguaje de la calle con pulso cinematográfico. Al contrario que la mayoría de sus compañeros de profesión, ni Simon ni su equipo proceden de los ambientes sofisticados de Hollywood o Nueva York. A su bagaje periodístico hay que sumar la presencia de guionistascomo George Pelecanos o Richard Price, baluartes de la mejor novela negra actual, cronistas de los bajos fondos de esa otra América para la que no parece haber lugar en el cine convencional. Una visión alejada de dogmatismos, demasiado preocupada al mismo tiempo del deterioro del estado del bienestar como por denunciar la tendencia a la corrupción de las instituciones que deben velar por su sostenimiento como para ser clasificada en parámetros ideológicos al uso. Mientras que otras series de HBO como Deadwood o Los Soprano son esencialmente shakespearianas y basadas en las tribulaciones de sus protagonistas, las suyas suponen modernas tragedias griegas en las que la burocracia y las instituciones han sustituido a las deidades olímpicas, y se muestran igual de impasibles que aquellas ante el destino de sus criaturas.

Desencantado con la adaptación de Homicidio de la NBC, que le mantiene al margen y lima las cuestiones más espinosas del original, el despegue de su carrera va unido al de la HBO, siempre receptiva a iconoclastas que no encuentran acomodo en un Hollywood cada vez más huérfano de ideas. Allí se dirigirá ya como productor, para convertir en miniserie su segunda novela The Corner (2000), espeluznante retrato del descenso a los infiernos de la droga de una familia afroamericana de clase trabajadora en paralelo a la de la barriada donde residen. El respaldo crítico choca con la pobre acogida de la audiencia, esperable a tenor del histórico recelo que siempre ha mostrado el americano medio ante la visión de sus propias miserias, el canal apostará por su siguiente proyecto, en el que Simon y Burns abrirán el diafragma para convertir la hasta entonces anodina Baltimore en epicentro de una de las más brillantes ficciones contemporáneas.

TRÈME: Vida después de la tormenta

 Aunque se conoce popularmente a Nueva Orleans como The Big Easy, la vida allí nunca ha sido fácil en absoluto para sus habitantes. A sus desigualdades sociales y su elevada tasa de criminalidad, hay que sumar la histórica incomprensión, cuando no abierto desprecio, de buena parte de sus compatriotas a lo que la ciudad representa. Frente a la creciente homogeneización de sus grandes ciudades, y a la moral puritana imperante en buena parte de Estados Unidos, Nueva Orleans siempre ha supuesto una bendita excepción.

Un desprecio que el mundo pudo observar en la ineficaz respuesta gubernamental al desastre causado por el huracán Katrina en 2005, provocando un éxodo masivo del que la ciudad todavía no se ha recuperado. Es allí donde David Simon situaba la acción de su nuevo trabajo en 2007, el primero de su autoría tras el fenómeno de The Wire, que firmaría junto al guionista Eric Overmyer, residente en NOLA desde hace muchos años y experto conocedor de los entresijos de su vida cultural. Y lo harían situando como zona cero el barrio de Trème, cobijo habitual de bohemios y artistas, localizado a los pies de Canal Street, arteria que vertebra la ciudad ilustrando tanto la evolución del jazz –de los burdeles de Storyville a los antros de Bourbon Street a orillas del Mississippi- como el tránsito entre la vida y la muerte en la incomprensible jerga local.

Mucho más que un festín para melómanos, Trème es la historia de la reconstrucción espiritual de una ciudad que tiene su razón de ser en su singularidad. Y tendrá lugar de la mano de una serie de personajes entre los que destacan artistas callejeros, músicos de jazz, una abogada dedicada a los derechos humanos, un DJ radiofónico o un combativo profesor enamorado de la idiosincrasia local al que da vida un hercúleo John Goodman. Intentando enderezar sus vidas tras la catástrofe, se revelarán como los auténticos depositarios de la identidad cultural de una ciudad en la que los enjambres de las sirenas de policía y ambulancias han sustituido a las marching bands, y que parece esperar en el limbo tiempos mejores.

Lo que en otras manos hubiese supuesto una bienintencionada aunque vacía postal centrada en lo pintoresco y la crítica política de trazo grueso, se revela como prueba más de la maestría de Simon como narrador, articulando un relato totalmente coral en el que predomina lo cotidiano. La acción se cuece a fuego lento como es marca de la casa, y entre su casting encontramos a rostros habituales en el universo simoniano, destacando un Clarke Peters que ya nos había conquistado en The Wire y que da vida aquí al icónico Chef Lambreaux, jefe de los Mardi Gras Indians del noveno distrito, reivindicadores de una estirpe de presuntos esclavos renegados que recuperaron su libertad entre los nativos americanos, y una de las temáticas más atractivas de la serie.

Considerada por la propia HBO como uno de los productos que dan pedigrí a la cadena pese a los discretos resultados de audiencia, tras dos excelentes temporadas ya ha sido confirmada una tercera para 2012. Y los que esperan ansiosos un retorno a Baltimore de nuestro hombre están de enhorabuena, puesto que su siguiente proyecto girará en torno a uno de sus más ilustres vecinos: John Wilkes Booth, el asesino del presidente Abraham Lincoln. 

 

EL BLUES DE LA ESQUINA

No hay que ser muy observador para apreciar que David Simon es, además de uno de los tipos con mayor talento cinematográfico de nuestro tiempo, un consumado melómano. Cuyos gustos, a tenor de lo visto, no desentonan demasiado con los de éstas páginas.

Pese a sus orígenes judíos de clase media, podríamos considerar a Simon como uno de los grandes cronistas actuales de la comunidad afroamericana, protagonista principal de la mayoría de sus repartos, escenarios y temáticas. En ese sentido, no es casualidad que escogiese como director de The Corner a Chales S. Dutton, perteneciente junto a Spike Lee y John Singleton a aquella nueva ola de cineastas de color que irrumpió como un huracán en el Hollywood de mediados de los 80. Como no podía ser de otra manera, esa negritud ha predominado estilísticamente en la mayoría de sus bandas sonoras, auténtica coctelera de soul, rap, rock y rhythm and blues que la industria discográfica no ha tardado en aprovechar.

The Corner tenía esencialmente un tono de Blues, y su banda sonora corría a cargo del moderno bluesman Corey Harris –a quien recordamos como protagonista del documental de Scorsese Feel like going home, de su serie The Blues– junto al pianista ciego de Nueva Orleans Henry Butler.

Para The Wire recurre a «Way down in the hole» de Tom Waits, marciano gospel de su etapa Island que suena como sintonía en cinco versiones diferentes –una por temporada- a cargo de Blind Boys of Alabama, la original de Waits, Neville Brothers, el grupo de hip hop DoMaJe y Steve Earle, gozando éste de un pequeño papel en la serie. Sirve además la música como recurso para identificar muchos de los ambientes y extracción social de los personajes, y no falta así el gangsta rap a todo trapo como fondo de los trapicheos de droga, o el jolgorio alcohólico de The Pogues en el bar que sirve como lugar de reunión a los agentes de policía, muchos de ellos de ascendencia irlandesa. Especialmente impactantes son los cierres de cada temporada, extensos montajes paralelos en los que temas como «Fast train » de Solomon Burke o «I Feel alright», de Steve Earle, suenan de fondo mientras conocemos el destino que sufrirán los diversos personajes. Un recurso que se repetirá en el amargo final de Generation Kill con «The man comes around» de Johnny Cash. Serie que, por lo demás, se nutre de estridentes piezas de rap y rock actual, gustos prototípicos de un puñado de niñatos fruto de la era MTV inmersos en el horror de la guerra.

Como era previsible, la música se adueña de cada plano de Trème, y son muchos los artistas de Nueva Orleans que se interpretan a sí mismos. Entre las viejas glorias encontramos a los eternos Allen Toussaint o Dr. John, el excéntrico bluesman Coco Robicheaux o la semiolvidada pionera del soul Irma Thomas, amén de los obligados recuerdos a Fats Domino, Professor Longhair o Louis Prima. Y entre la nueva hornada de músicos locales, mención especial para el talentoso vocalista John Bouttè, autor de la infecciosa sintonía, y cuya voz nos recuerda poderosamente a Sam Cooke. Además, tenemos a la Rebirth Brass Band, y a músicos de jazz como Kermit Ruffins o el cada vez más conocido en Europa Trombone Shorty.

En cuanto a los cameos de artistas conocidos, necesitaríamos un artículo entero para citarlos a todos, pero cabe destacar la presencia especialmente simbólica de Elvis Costello, uno de los primeros en solidarizarse con Crescent City y autor junto a Toussaint del excelente The river in reverse, o las fugaces apariciones de Shawn Colvin, Steve Earle y su hijo Justin Townes, o Lucinda Williams.

Como era de esperar, semejante despliegue de buen gusto tendría sus correspondientes versiones discográficas. Aunque ninguna de las dos bandas sonoras de las series de Simon editadas en cd hasta el momento hacen justicia a lo que en ellas suena, tanto The Wire… and all the pieces matters como Trème: Music from the HBO original series: season 1 son buenas adquisiciones para recordar algunos de sus momentos más memorables.

.J.L. Fernandez, 2011. Fragmento del artículo “David Simon. Claroscuro del sueño americano”, escrito por Fernando Navarro y J.L. Fernández, y publicado en la revista Ruta 66.

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