J.L. Fernandez's Blog

Interviews, articles, and other synthetic delusions of the Electric Head

Entrevista con… Wilko Johnson

Posted by jlfercan en marzo 20, 2015

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La guitarra de Woody Guthrie mataba fascistas. La suya, acribillaba herejes. Dr. Feelgood siguieron adelante sin él, pero los fans siempre echarían de menos al maníaco de la Telecaster.

Por desgracia, el motivo de dedicarle estas líneas no es reivindicar su figura, sino esa plaga moderna llamada cáncer. En enero de 2013 anunciaba que el tumor alojado en su páncreas le mataría en pocos meses, y que había decidido rechazar la quimioterapia para realizar una gira de despedida y grabar un último álbum junto a Roger Daltrey, el recién publicado Goin’ Back Home. Dadas las circunstancias, la idea de entrevistarle no me resultaba cómoda. Su aspecto es tan intimidante como legendaria su fama de ogro con la prensa. Sin embargo, el Wilko que me saluda al teléfono desde Londres parece cercano y accesible. Se nota que ha aprendido a convivir con su enfermedad y que intenta disfrutar del poco tiempo que le queda. “Nunca me gustó la idea de jubilarme”, dice, “la quimio me habría dado unos meses más de vida, pero no habría podido salir de gira. ¿Qué otra cosa podía hacer? En el escenario alcanzo un nivel distinto de conciencia y el dolor y la preocupación desaparecen. La música ha sido siempre mi remedio para no caer en la desesperación”.

Sufre náuseas y mareos frecuentes, pero la suerte quiere que ese día se encuentre lleno de energía. Los médicos pronosticaron que moriría el pasado octubre, y el tumor se manifiesta en forma de un bulto en su estómago similar “a una barriga cervecera”. Acaba de cerrar nuevas fechas en su país junto a Status Quo, y no descarta añadir más. “Cómo no me muera pronto, esto va a empezar a ser embarazoso”, bromea. “La gente paga por un tour de despedida y empiezo a sentirme como un estafador. Pero no me hago ilusiones, la enfermedad atacará de un momento a otro. Y por lo que me han dicho, cuando lo haga, todo terminará rápido”.

w6Por desgracia, el cáncer ha sido una constante en su vida. Se llevó a su madre cuando era joven, a su viejo compinche Lee Brilleaux en 1994, y a su amada esposa Irene diez años más tarde. En cuanto supo que compartiría su destino, planificó un pequeño tour británico de despedida en marzo y las entradas volaron en cuestión de horas. Prescindió de grandes fastos y de invitados de relumbrón: tan solo él, su guitarra y sus músicos habituales (el bajista Norman Watt-Ray y el batería Dylan Howe) actuando en el circuito de pequeños y medianos recintos que ha albergado su música en las últimas décadas.

De allí voló a Japón, donde siempre ha gozado de un seguimiento fiel, y aprovechó su estancia en el país nipón para aprovisionarse de potentes analgésicos no disponibles en Inglaterra con los que hacer más llevadera su enfermedad. Hubo un imprevisto: a la hora de pagar a su “proveedor” en una habitación de hotel en Kyoto, su tarjeta de crédito dio error. Ante la inexistencia de un Barclays en la ciudad, pidió ayuda a sus fans ingleses a través de Facebook. Éstos respondieron colapsando la centralita de la entidad bancaria en Londres en cuestión de minutos, y solucionando el problema. Hace unos días presentó junto a Daltrey en el Shepherd’s Bush Empire londinense su nuevo trabajo, recibido elogiosamente por la crítica. Que nadie se acerque a Goin’ back home esperando una obra sombría, o divagaciones lastimosas sobre la propia mortalidad. Su autor era consciente de que sería su último trabajo, pero no quitó el pie del acelerador, y desprende una honestidad y frescura sorprendentes. “Soy mejor cuando trabajo bajo presión”, asegura “y no había tiempo para ser perfeccionistas. Es rock n’ roll, es divertido y nos lo pasamos en grande. Roger le ha dado nueva vida a estas canciones”.

Ha sido la culminación a un intenso año que define sin dudarlo como uno de los mejores de su vida. Resulta paradójico que alguien que ha sufrido depresiones crónicas a lo largo de los años haya encontrado en la enfermedad un motivo para disfrutar de la vida a sus 66 años. “He aprendido a ver el mundo con otros ojos. Cada vez que salgo a la calle, o cuando estoy a solas en mi casa por la noche, me siento abrumado”.

THAMES DELTA BLUES En una realidad paralela, nuestro protagonista podría estar viviendo una anónima existencia como profesor de secundaria jubilado bajo el nombre de John Wilkinson. Nombre que cambió legalmente a los 25 años para romper todo vínculo con su progenitor, un alcoholizado trabajador de la compañía estatal del gas que solía paliar sus frustraciones con su prole a golpes.

w2Violencia doméstica y alcoholismo, nada infrecuentes en la deprimida Canvey Island en la que creció, un suburbio proletario en el estuario del Támesis inundado de refinerías en llamas que le valió el sobrenombre de Oil City. Wilko se aficionó al Blues desde muy joven a través de los primeros Rolling Stones, y trazó un paralelismo entre aquel lodazal y el desolado paisaje del Mississippi. Había nacido para tocar el Blues del Delta del Tamésis.

Hoy la refinería no existe, y su lugar lo ocupa la reserva natural de Canvey Wick. El propio Wilko y su hermano Malcolm encanbezaron las protestas ecologistas contra la factoría a principios de los 70, llegando a asaltar la sede de la compañía en Londres y siendo arrestados en numerosas ocasiones por la policía. “De niño ya era consciente de vivir en la parte pobre de la ciudad”, reconoce. “Fui a la escuela primaria en una localidad cercana, y siempre me hicieron sentir un forastero y se burlaban de mi forma de hablar. Todos los que nos dedicábamos a la música en Canvey soñábamos con irnos de allí”.

Sin embargo, Johnson nunca se alejó demasiado de su hogar, y hoy reside en un chalet adosado en la vecina Southend, conocida por su ocio low cost y sus resorts playeros a la que se dirigen oleadas de londinenses en cuanto arrecia el mal tiempo.

Empezó a tocar la guitarra en su adolescencia formando una banda de skiffle junto a su hermano, y desarrolló su particular estilo “imitando de forma totalmente incorrecta” a su gran ídolo Mick Green, el hacha de Johnny Kidd & the Pirates, del que admiraba su contención y su sentido del ritmo frente a la pirotecnia de guitarristas más en boga en la época como Eric Clapton. “Mick era el mejor, y fue también una gran influencia para The Who. Roger Daltrey me contó que en sus inicios él tocaba la guitarra rítmica, y que abriendo para los Pirates decidieron convertirse en una three piece band. Y hace unos meses conocí a Jimmy Page en una entrega de premios, y también hablamos sobre él”.

Dejó la música durante su etapa universitaria, como estudiante de Literatura Inglesa en la universidad de Newcastle. Culto y amante de los clásicos, fue un alumno modelo también dotado para el dibujo y la poesía. Allí se especializó en el estudio de las sagas fantásticas y escandinavas y se empapó de los aires revolucionarios del 68. Se dejó el pelo largo, abrazó el hippismo y no llegó a recoger su titulo por encontrarse en una nube de ácido.

Tras un viaje como mochilero por La India, Katmandú y Afganistán, volvió a casa w3y consiguió un trabajo como profesor de instituto. Tenía un motivo para quedarse: su novia Irene, con la que se había casado a los 19 años. De adolescente fantaseaba con invitarla a solir y rondaba por las inmediaciones de su casa tarareando el «Here comes the night» de Van Morrison para infundirse valor. Estarían juntos durante cuarenta años.

Cuando enfermó, Irene también rechazó la quimioterapia, sumiendo a Johnson en uno de los momentos más oscuros de su vida, “hundido en un rincón, compadeciéndome de mí mismo”. Más que una compañera, había sido su único punto de apoyo cuando pasó de ser rico a sobrevivir como miembro de la banda de Ian Dury. La que perdonó las típicas infidelidades de carretera cuando estaba en la cresta de la ola y siguió a su lado durante todos estos años tocando para unos pocos centenares de personas en salas de pequeño aforo. “Superé su muerte volviendo a salir de gira. Fue muy valiente por cómo afrontó la enfermedad, nunca la vi quejarse. Sigo echándola de menos cada día”, confiesa.

CALLING THE DOCTOR “Éramos simplemente una pequeña banda que triunfó”, responde preguntado por el legado musical de Dr. Feelgood. “La palabra legado suena bien, pero no pienso mucho en ello”. Momento delicado. A Wilko no le gusta hablar de aquella etapa y no lo disimula. Su expulsión fue traumática y nunca lo que hicieron sin él, en su opinión un rock demasiado standard. Mejor no pedirle su opinión acerca de los impostores que giran bajo ese nombre a día de hoy.

Odia asimismo el término Pub Rock para definir la escena de la que fueron reyes y referentes, y en su autobiografía Looking back at me lanza dardos envenenados a personajes como Nick Lowe, cuya música considera “detestable”. Rompió su silencio por primera vez en el aclamado documental Oil City Confidential, contando su versión de los hechos. Lo hizo por su amistad con el director Julien Temple, y no se arrepiente. “Es una película fantástica. Estábamos algo olvidados, y muchos chavales nos conocieron gracias a la película”. Entre ellos, quizá, jóvenes émulos como The Strypes o The 45s (casi rozando el mimetismo) con los que ha actuado en directo.

Dejó su trabajo como profesor para unirse a los Feelgood, invitado por el bajista John B. Sparks, y habiendo admirado anteriormente el carisma del cantante Lee Brilleaux, también brillante armonicista. Con la llegada del batería John Martin, alias The Big Figure, formaron una alienación imatible, pero las relaciones entre ellos fueron siempre tensas. Wilko era el mayor y más experimentado, y se encargó desde el principio de componer en solitario todo su repertorio.

Pronto delegaron también todo lo referente al trabajo en estudio, pasando a asumir el control de las grabaciones y decidiendo sobre arreglos, productores y versiones de otros artistas a incluir, mostrándose a menudo intratable a la hora de ceder un ápice en lo que el grupo debía representar. Existía otro problema: sus compañeros eran bebedores empedernidos, y éste prefería las anfetaminas y detestaba a los borrachos, que probablemente le recordaban a su padre. Cuando intentó involucrar sin éxito a Lee en las tareas compositivas, la tensión entre ellos creció de manera insoportable. Se queja de que, mientras que al terminar los bolos el resto se pasaban la noche en el bar, él se quedaba solo en la habitación del hotel “escribiendo los malditos discos”.

De todos ellos, siente predilección por su debut para United Artists, Down by the jetty (1975), antes de que empezaran los problemas. Atribuye a su visión el éxito de su legendario directo Stupidity (1976), durante cuya creación se peleó con la compañía. “La mayoría de álbumes en directo de la época son una farsa, están llenos de retoques. Querían hacer lo mismo con el nuestro pero yo me negué: me daba igual que se escucharan los fallos o alguna entrada a destiempo, quería que sonase como uno de nuestros conciertos. Y tuve razón: llegó al número 1 y nos hizo famosos”.

Su w9gran frustración fue no conseguir penetrar en el mercado americano, siendo tildados en su primera gira por el país de meros revivalistas, aunque especula que, “de no habernos separado, lo habríamos conseguido, porque CBS acababa de ficharnos quería apostar fuerte por nosotros allí”. En Inglaterra, seguían en la cresta de la ola: Robert Plant se deshacía en elogios, y Keith Richards amagó con convertir a Johnson en el sustituto de Mick Taylor.

Fueron precisamente las exigencias de CBS las que precipitaron su salida del grupo en 1977, obligándoles a trabajar con un productor americano (Bert de Corteaux) para el que sería su cuarto trabajo, Sneakin’ Suspicion y animándoles a experimentar con esquemas menos rígidos.

Para entonces, Wilko y el resto llevaban días sin dirigirse la palabra, y los ánimos se caldearon cuando el guitarrista invitó a las sesiones a su mujer y su amante al mismo tiempo. Los Feelgood discutieron acaloradamente en torno a la inclusión de dos temas, «Paradise», cuya letra consideraban un delirio egomaníaco del guitarrista y «Lucky seven», que Wilko consideraba una pieza Pop blanda orientada a la radio americana. Tras una trifulca en la que casi llegan a las manos, el mánager Chris Fenwick se alió con el resto, y le comunicaron que estaba fuera.

Wilko lamenta especialmente que nunca pudieran recoger los réditos que les correspondían como inspiradores en cierto modo del Punk, justo en el año en que dicho movimiento estalló a nivel comercial. Reconoce que, más allá de discusiones puntuales, el problema de fondo era la falta de comunicación entre cuatro hombres poco dados a expresar sus sentimientos. “Fue sobre todo un problema entre Lee y yo. Seguía admirándole muchísimo, sobre el escenario me parecía un frontman increíble. Sin embargo, no sabía cómo decírselo. Al final, lo único que expresábamos era nuestro rencor”.

Nunca llegarían a reconciliarse, pero durante los primeros meses la reunión estuvo realmente cerca. “Quería volver, pero nuestro mánager no estaba por la labor. Un día un amigo me dijo que hablaba con Lee y que él también lo deseaba, y nos concertó una cita en un pub al día siguiente. Pero esa noche ligué con una chica, y nunca aparecí”, se lamenta.

Coincidieron en el backstage de una actuación de la J. Geils Band durante los 80, que no pasó de un saludo incómodo. Durante los últimos días del vocalista, se planteó ir a verle. “Sabía que se estaba muriendo y me daba miedo ir solo, después de tantos años sin hablarnos. Quería que me acompañara alguien del entorno del grupo pero no lo conseguí”. Es un hecho que todavía pesa en su conciencia. “Estoy seguro de que al menos habríamos recuperado nuestra amistad”, se lamenta.

A raíz de su propia enfermedad, ha retomado el contacto con el bajista John Sparks y el batería John Martin (The Big Figure), del que recibió una emotiva carta recordando los viejos tiempos. Un cariño que se hace extensible al de muchos seguidores que le han remitido mensajes de apoyo y aliento, parándole incluso por la calle. “Nunca hice mucho por ser sociable con los fans, y algo así es emocionante”, declara.

Es consciente de que buena paw7rte de esa popularidad se debe a su participación en Juego de Tronos, la popular serie de HBO que adapta la obra de George R.R. Martin, influenciada por la fantasía heroica nórdica que estudió en su juventud. Interpreta a ella al temible verdugo real Illyn Payne. “Fue perfecto. Mi personaje no tiene lengua y no tuve que decir una sola línea. Me escogieron porque querían a alguien amenazador, y solo tenía que lanzar miradas inquietantes. Créeme: soy realmente bueno en eso”, dice entre carcajadas. “Lo irónico de esto es que por fin he conseguido triunfar en América, ¡y la gente me toma por un sádico!”.

No vivirá para ver el final de la saga, todavía inconclusa, pero en los últimos tiempos ha disfrutado de varias alegrías inesperadas: Fender ha anunciado un nuevo modelo de Telecaster que llevará su nombre, y ha recibido la visita de uno de sus dos hijos, residente en Filipinas, junto con su nieto Dylan al que aún no conocía, y al que ha podido ver dando sus primeros pasos.

Otra de sus grandes pasiones es su astronomía, y hace años que construyó un pequeño observatorio en el piso superior de su vivienda, dotado de un potente telescopio. Temía que se cumplieran los augurios más pesimistas y morir antes del invierno pasado. Ello le habría impedido ver por última vez la Gran Nebulosa de Orión, algo que por fortuna consiguió.

Pero su afición no tiene nada de esotérico. Ateo convencido, Wilko no cree en la vida después de la muerte. De lo contrario, asegura, ya se habría suicidado para reunirse con Irene. Sabe que ese encuentro será imposible, pero se conforma con ser enterrado junto a ella en una parcela apartada del cementerio local. La ceremonia tendrá un carácter discreto y su última voluntad es que se planten sendos árboles junto a cada lápida. Le ilusiona pensar que su sepulcro pueda formar parte en el futuro de un hermoso bosque.

Antes de la despedida, le pregunto si ha pensado en cómo le gustaría ser recordado, pero protesta. “No quiero ponerme trascendente, sólo soy un músico. Uno que tuvo una buena vida y consiguió mucho más que la mayoría de la gente. Si os gustó mi música y os trae buenos recuerdos, ¿qué más puedo pedir?”.

Nada, desde luego. Buen viaje, Wilko, y gracias por todo.

.J.L. Fernández, 2014. Publicado ori

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