J.L. Fernandez's Blog

Interviews, articles, and other synthetic delusions of the Electric Head

Defendiendo a Amy Winehouse

Posted by jlfercan en marzo 19, 2011

En 2007, Amy Winehouse copaba las portadas de prestigiosas revistas musicales extranjeras como Mojo, pero el boom aún no había llegado a España. Para entendernos: su “Rehab” todavía no sonaba en los 40 Principales. Temiendo seguramente perder el tren de la actualidad, la revista en la que colaboraba por entonces (Popular 1) me propuso escribir un artículo sobre la cantante, cuando todavía era noticia por su música y no por sus escándalos, aunque ya empezaba a dar la nota más de lo deseable. Lo escribí en base a mis percepciones del momento, que no han variado demasiado en éstos cuatro años. En un primer acercamiento, su disco “Back to Black” me pareció una puesta al día más que solvente del sonido Motown, y el lado freak del personaje resultaba de lo más atractivo: una mezcla imposible entre una choni de extrarradio (ese es, al fin y al cabo, el tipo de público y la generación que la ha encumbrado) y una diva estrafalaria digna de un film de John Waters.  Pero lo más interesante de todo era que, pese lo evidente de sus influencias, no se trataba de una artista revival (gran cáncer de escenas como la rockabilly o soul), sino que poseía voz y personalidad propias. Un mes más tarde, visitaba Estados Unidos, y tras ver el jeto de la susodicha en cada rincón, comprendí el alcance del fenómeno. Hoy en día, opino que si su éxito ha servido para dar oxígeno a gente como Sharon Jones o Lee Fields, bienvenido sea. Y tras ver en directo a algunos de los que se beneficiaron indirectamente de él (Eli “Paperboy” Reed, James Hunter), me quedo con la freak del moño imposible. Y sigo confiando en que deje de dar tumbos y recupere el rumbo de su carrera.

Amy Winehouse: Million Dollar Baby

A sus veinticuatro años, ésta joven británica es una de las estrellas más rutilantes de la música actual. Ha vendido lo inimaginable con su segundo trabajo, conquistado las listas americanas y goza del respeto de la crítica. Podemos considerarla, sin miedo a equivocarnos, la nueva reina del Soul. Y es que “Back to black” nos remite a la mejor música negra, adaptada a los nuevos tiempo. Una extraordinaria voz, composiciones propias rebosantes de clase, y una producción que nos retrotrae a los dorados 60. En el punto de mira de la sociedad británica debido a una larga lista de escándalos  la polémica no debería oscurecer su talento. Si los excesos no lo impiden, estamos ante una de las artistas con más futuro de nuestro tiempo.

Cómo artista, estoy obligada a demostrar tres cosas: que no soy un fraude en directo, que sé escribir canciones, y que soy capaz de hacer buenas versiones de canciones ajenas”. Así de claro lo tenía la Winehouse en unas declaraciones recientes a la prensa británica. ¿Alguien podía imaginar que el futuro del Soul estuviera en un suburbio londinenese, y no al otro lado del Atlántico? “Back to black” es uno de los escasos trabajos relevantes en dicho estilo en los últimos años. Y pese a que fue editado en 2006, el disco del momento en su Inglaterra natal. Desde hace un año, tan sólo ha estado una semana fuera del Top 10 británico y ha recibido todos los premios imaginables.

Pero, a diferencia de otros productos británicos, tampoco ha tenido grandes problemas para conquistar el mercado americano. Las ventas certifican a “Back in black” como el debut (su primer disco fue editado allí posteriormente) de una vocalista británica con mejores resultados en toda la historia del Billboard. Un auténtico hito si tenemos en cuenta que ni siquiera el boom del brit pop que asoló Europa en los 90, con Oasis a la cabeza, tuvo aceptación alguna en Estados Unidos. Ni los Gallagher ni Blur o Suede consiguieron jamás el favor del público americano, y el único caso de artistas británicos recientes con éxito en USA lo tenemos en aquella oleada techno de mediados de los 90 (si, aquellos Prodigy o Chemical Brothers que en teoría iban a enterrar el rock de guitarras…), o, retrocediendo más en el tiempo, a los días de la llamada British invasión. Los americanos, por lo general, odian que les intenten vender algo que ellos hacen mejor, y si hablamos de música negra, no deja de ser insólito el tremendo éxito que está cosechando esta mujer.

Como todos sabemos, el hip hop y derivados reina sin rivales en los charts americanos, y supuestamente ese horrendo híbrido conocido como Rn’B vendría a sustituir al Soul que todos conocemos. Pero la baja calidad del R&B es un secreto a voces en la industria, y en éstos tiempos de descargas masivas no parece tener la salida comercial de antaño. Por eso no es extraño que, ante la saturación de productos similares, las distintas compañías llevan años intentando colarnos productos con pretendidas reminiscencias a Soul clásico. Es ahí donde deberíamos situar a artistas respetables como Norah Jones o Lauryn Hill, de innegable talento, y a otras bastante más convencionales como Alicia Keys (aunque algo tendrá esta chica cuando todo un Bob Dylan decide hablar sobre ella en una canción), Macy Gray o la británica Joss Stone. Todas ellas alcanzaron ventas espectaculares, pero algo fallaba cuando ninguna de estas artistas tuvo la más mínima posibilidad de interesar a los aficionados a la auténtica Soul music, esa misma que se desvaneció en terrenos Funk y disco a finales de los 70. Y el problema sea, posiblemente, que se trata de carreras planificadas al milímetro: voces cristalinas y arreglos artificiales, al servicio de composiciones tan formalmente perfectas como anodinas en el fondo, lejos del trasfondo Gospel que siempre ha caracterizado a esta música, o del ritmo demoledor característico de los músicos de sesión adscritos a este estilo. Falta groove, potencia y pelotas, que es en general lo que busca cualquiera que se haya criado escuchando los discos de Etta James, Aretha Franklin o Mavis Staples.

Pues bien, la nueva sensación del género es de origen judío y tiene un marcado acento cockney que las distancia todavía más de su predecesoras. Muchos podrán afirmar, con cierta razón, que Amy está gozando del éxito que quizá merezcan Nicole Willis o Sharon Jones, mujeres de carácter que llevan años subsistiendo en pequeños sellos y actuaciones en festivales negroides. Pero su música tiene también algo de la que la de éstas carece: dejando a un lado su sabor añejo, ha supuesto una renovación y puesta al día del género. Y es que el álbum tiene, en temas como el super hit “Rehab” o “Addicted”, un innegable toque moderno, que conectan su música con el público del nuevo milenio, ese mismo que nació a finales de los 80 y se ha criado escuchando Hip Hop, y que jamás conectaría con una producción de Phil Spector o Jerry Wexler. Eso la aleja de convertirse en una artista retro como las citadas anteriormente, y le permiten ganarse la confianza de los más exigentes, pero también de los que se conforman con escuchar música bailable en un local de copas. Ese parece ser el mayor problema para los puristas, pero la realidad es que estamos ante una mujer joven, y no podemos esperar que todas sus influencias vengan del pasado. Es obvio que la música que le ha tocado vivir la haya influenciado en un modo u otro, y eso es seguramente también lo que hace que tantos y tantos adolescentes actuales se identifiquen de tal modo con sus canciones y vivencias.

La música que escuchamos en la adolescencia define, inevitablemente, nuestros gustos futuros, y el éxito de Amy Winehouse es una puerta abierta a que cualquiera de sus miles de fans termine indagando entre sus influencias, y escuchando un disco de Big Mama Thornton o Big Maybelle. Bien es cierto que hay cientos de músicos ahí fuera que sólo han escuchado Hip Hop o Rock alternativo toda su vida, o que apenas pueden citar como influencia a cuatro grupos Brit poperos. Pero ése no es el caso. Amy reivindica en cada entrevista a artistas como Sarah Vaughan o Minnie Ripperton, se declara fan de Liza Minelli e incluye arrebatadoras versiones de grandes intérpretes en sus shows.

No estamos ante el típico artista títere lanzado por cuatro ejecutivos con buena visión comercial. Es obvio que hay mucho dinero invertido ahí, no es precisamente un álbum grabado en un garage, pero no hay duda de que es la prueba del potencial de esta mujer cuando tiene un mínimo control sobre su música. Su principal baza es esa extraordinaria voz, llena de potencia y expresividad, y nada que ver con todas esas rompecristales o las almibaradas voces de las imitadoras de Whitney Houston de turno. Capaz de mostrar un ambplio abanico de matices, su registro nada tiene que envidiar a la de las grandes damas del género. Y por supuesto, hay que tener en cuenta que la propia Amy ha compuesto cada una de las once canciones que componen el trabajo. Una colección de canciones escritas tras la ruptura con su actual marido, tras una depresión que le hizo plantearse dejar la música. “Love is a losing game” o “Back to black” son piezas descorazonadoras, interpretadas con las entrañas, mientras que otras como “You know i’m no good” (podría competir con cualquier clásico de las Ronettes) o “Rehab” son insultantes muestras de autosuficiencia y actitud incorregible. Sin ir más lejos, esa “Rehab” que abre el trabajo, no es más que la respuesta airada de la cantante cuando su equipo de management trató de internarla en un centro de desintoxicación tras sus conocidos problemas con la bebida y todo tipo de sustancias, y en el que rinde homenaje a Ray Charles y Donnie Hathaway.

El control que ha ejercido sobre “Back to black”, y la teoría de que ésta es la Amy auténtica, se hace todavía más creíble si comparamos a este trabajo con su debut, “Frank” (2003), una colección de canciones mucho más orientadas hacia el Rn’B actual (en cuanto a la producción, básicamente) y al jazz sofisticado, y donde metió más baza de lo necesario su descubridor, el afamado productor de hip hop Salaam Remi. Un álbum mucho más irregular, que la artista afirma no escuchar jamás. “Ni siquiera tengo el disco en mi casa, estoy muy descontenta de cómo quedaron ciertos temas tras las mezclas finales. Me gusta interpretar esos temas en directo, pero no he sido capaz de escucharlo entero una sola vez. Eso no es lo que yo quería hacer con mi carrera”.

Para “Back to black” ha contado, sin embargo, con la ayuda del productor Mark Ronson, auténtico responsable de ese aroma philspectoriano que evoca la era de los girl groups de los 60s, de los que Amy es gran fan. “Adoro a las Shangri-Las, y no creo que su música fuese tan inocente como la gente cree. Ellas tienen un tema para cada etapa de una relación con un hombre. Una para cuando sólo le miras, y todavía no te atreves a hablar con él. Otra cuando empezáis a salir, otra para cuando te enamoras, y una última para cuando te rompe el corazón y quieres darle su merecido”. Podemos encontrar esos ecos en “Me And Mr. Jones”. En “Tears dry on their own”, el single más comercial del álbum, roba el fondo de la celebérrima “Ain’t no mountain high enough”, compuesta por Ashford & Simpson y popularizada por Marvin Gaye y Tammi Terrell, para convertirlo en un irresistible canto a la supervivencia emocional.

Pero no fue sólo su música la que experimentó un cambio entre ambos capítulos. La Amy Winehouse que se presentaba en su segundo trabajo apenas tenía nada que ver físicamente con la sonriente promesa Pop de “Frank”. Tras aquella ruptura, nos encontrábamos a una mujer de delgadez extrema, alcanzada a base de, en sus propias palabras, “algo de anorexia y un toque de bulimia”. Cubierta de tatuajes carcelarios, con pestañas postizas y un estrafalario peinado, que le daban un aspecto tan grotesco como atrayente. Por no hablar de la dureza de sus nuevas composiciones, marcadamente confesionales, y llenas de menciones a experiencias sexuales y psicotrópicas, prácticamente desde que pulsamos el botón de play.

Su sonido tiene ese toque moderno del que hablábamos antes, pero sin incómodos loops ni bases programadas. Tal y como sucedía en los viejos discos de Stax con Booker T & the Mg’s, en Motown gracias a los Funk Brothers, o en el Muscle Shoals Sound gracias a David Hood, Spooner Oldham, Jim Dickinson y demás maestros, aquí hay una sensacional banda de sesión que suda la camiseta y marca su personalidad en cada surco. Reclutados por el productor Mark Ronson, se trata de los Dap-Kings, banda de la casa Daptone (para muchos, la nueva Stax), y músicos curtidos en mil batallas acompañando a Sharon Jones, una cantante a la que nuestra protagonista le debe mucho. La química fue tal, que esos mismos Dap-Kings terminaron acompañando a Amy en el escenario en los 12 shows de su gira americana. Nadie debería poner en cuestión su aportación, fundamental en el sonido orgánico y vibrante de “Back to black”.

A la vieja usanza, el engranaje de estos talentos dispares logra que todo funcione aquí de una manera insultantemente sencilla. Por supuesto, es música enormemente comercial y con un componente Pop muy marcado pero, ¿acaso no lo era también el Soul clásico? ¿Qué sentido tiene hablar de “autenticidad” cuando nos referimos a los viejos artistas de Motown o Atlantic?. Precisamente fue Berry Gordy uno de los primeros en adaptar el concepto de “producción en serie” al negocio de la música, cuando decidió que el sello de su propiedad, Motown, imitaría el modelo de producción de la fábrica de coches en la que había trabajado durante años. Los músicos de estudio de la época eran prácticamente esclavos, con un ritmo de trabajo igual que estresante al de cualquier obrero fordiano. La banda de Motown, los Funk Brothers, se pasaban el día en un sucio sótano, cobrando por horas y ocupándose de cualquier vicisitud en la grabación, ya fuese la composición a última hora de la famosa intro de bajo del “My girl” de los Temptations, como de dar lustre a la última composición de un Marvin Gaye en horas bajas. Tal como nos comentaba Sam Moore en estas páginas, en Stax no era algo muy diferente, y los compositores de la casa, Isaac Hayes y David Porter, se pasaban diez horas en un estudio componiendo melodías como quien aprieta tornillos en una cadena de montaje, para que el resultado final se repartiese aleatoriamente entre los artistas disponibles. La mayoría de aquellos intérpretes, hoy mitificados, no eran sino productos perfectamente estudiados, a la busqueda del single perfecto capaz de llegar al mayor número de gente posible. Exactamente el mismo cometido que tiene el material de la artista que nos ocupa.

Y en cuanto a las grandes leyendas que hoy siguen en activo, prácticamente todos se han rendido a los pies de la cantante. Sin ir más lejos, podéis comprobar via youtube como se las gasta Amy en el escenario durante la última gira de los Stones, desafiando al mismísimo Mick Jagger en su propio escenario, recuperando aquella versión del “Ain’t too proud to beg” de los Temptations, incluída en “It’s only rock n’ roll”. Precisamente los Stones no es el ejemplo de banda que invite a cualquiera a unirse a ellos en escena (el único paso en falso que les recuerdo fue aquella jam que hicieron con Justin Timberlake en un festival canadiense hace años), sino que más bien lo han hecho con grandes como Bo Diddley, Dylan, Joshua Redman, Robert Cray o AC/DC en los últimos años. Otro que sabe de esto un rato es Prince, que ha anunciado en público su intención de versionear “Love is a losing game” y ha invitado a Amy a colaborar con él este mismo año. Paul Weller ha actuado con ellas en shows de TV en el reino unido, Ringo Starr ha declarado en prensa que la considera la vocalista más prometedora de su generación, y popes del hip hop como Snoop Doggy Dogg o Jay Z se declaran fans incondicionales. A pesar de su agitada vida personal, acaba de grabar un tema para el nuevo film de James Bond, y el productor Mark Ronson ha confirmado que volverá a ponerse tras los controles de su tercer álbum, cuya grabación comenzará en los próximos meses.

Es fácil mantener la integridad siendo un artista underground pero, ¿cómo afectará la fama y el reconocimiento a la carrera de Amy Winehouse?. A finales de 2008 deberíamos tener la respuesta sonando en nuestro equipo. A poco que consiga plasmar su talento en la dirección correcta y rodearse de la gente adecuada para ello, todo indica que el presente es suyo.

Troubled Diva

Qué lejos quedan aquellos tiempos en que las compañías eran entes todopoderosos capaces de acallar cualquier escándalo a base de talonarios o de romper unas cuantas piernas. En la era de youtube, todo cobra una dimensión global. Además de por su estrafalario aspecto, Amy se ha caracterizado por una actitud imposible, más cerca de la impulsividad descerebrada de cualquier enfant terrible del rock que de una diva Pop al uso, comportándose como auténtica escoria callejera sin temer las consecuencias. Borracheras, peleas, supuestas sobredosis, arrestos por motivos de drogas, insultos en la prensa a artistas consagrados… ¡Por dios, estamos hablando de la mujer que insultó al mismísimo Bono a la cara en una entrega de premios!. Solo por eso ya debería gozar de nuestra gratitud. La verdad es que, para llevar tan pocos años de carrera, ya ha logrado escandalizar a la sociedad británica con una larga lista de despropósitos. Seguro que recordáis a los periódicos de los 60 advirtiendo “Encierre a sus hijas bajo llave, los Stones tocan en la ciudad”. Años después, la treta sigue funcionando. La historia se repite. El mundo de los tabloides británicos es implacable,y Amy ya engrosa la lista de celebridades problemáticas, junto a engendros como Pete Doherty o Lindsay Loham.

El motivo principal, amén de sus excesos con la bebida y las drogas, es por la turbulenta relación con su marido, un tal Blake Fielder. El típico paleto británico con inquietudes como las palizas o el hooliganismo. Sin oficio conocido, y en prisión a la espera de juicio por soborno y obstrucción a la justicia, respecto a la investigación del asalto a un pub de Londres. No profundizaremos en el tema, pero tales circunstancias han servido de carnaza a la prensa sensacionalista, que llegó a bautizar a la pareja como “los nuevos Sid & Nancy (si señor, eso son buenos augurios), y la publicación de unas fotos en los que ambos aparecen llenos de moratones y arañazos tras una supuesta pelea doméstica han desatado todo tipo de especulaciones. Al igual que Billie Holiday, Amy parece compaginar la autosuficiencia de su personaje público con una dependencia y sumisión sorprendente hacia un hombre que no parece haberla tratado demasiado bien, y al igual que sucedía con Lady Day, ésto parece servir de combustible a sus composiciones. Hija de un taxista judío y madre farmacéutica, criada en un barrio obrero, se muestra en numerosas entrevistas como una mujer profundamente tradicional, y afirma que si deja de vender discos, su sueño sería ser ama de casa y cuidar de seis o siete hijos. Con un marido entre rejas, quizá de por vida, las últimas crónicas retrataban a una artista completamente alcoholizada en escena, insultando a sus fans, abucheada por el público y ofreciendo actuaciones lamentables en entregas de importantes premios, al alcance de cualquiera con solo asomarse al portal de videos más famoso de la red. Una artista, en definitiva, superada por las circunstancias y al borde del colapso físico y mental, que acaba de suspender todas las fechas de la gira que tenía por delante en Reino Unido este año cuyas entradas se habían agotado en cuestión de días, alegando prescripción médica causada por depresión.

Por si fuera poco, todos a su alrededor parecen venderse a la prensa amarilla por un puñado de libras, caldeando más todavía el ambiente si eso era posible. Desde sus padres aplaudiendo la decisión de la justicia de encarcelar a su marido, a su ex manager y uno de los principales artífices de su éxito, Thom Stone, quien acaba de desentenderse de la cantante después de que los médicos encontrasen rastros de heroína en su sangre. Stone afirma haberla inhalado pasivamente al viajar con Amy y su marido en el bus de la gira, y acompañó su decisión de duras palabras y acusaciones hacia la artista.

Sería injusto, de todos modos, culpar de su situación al hambre de carroña de cierta prensa sin escrúpulos, ya que si de escandalizar se trata, la chica se basta ella sola. El incidente con Bono al que hacíamos referencia antes sucedió en la entrega de los últimos premios de la revista Q, donde Amy, sentada entre las nominadas, interrumpió a voces al líder de U2 mientras éste pronunciaba su discurso de aceptación del galardón, espetándole un “Shut up! I don’t give a fuck!” en sus propias narices.

La polémica, por otra parte, ha sido desde siempre una fuente de dividendos para cualquier manager avispado. La rudeza, rayando lo vulgar, con la que Mrs. Winehouse se enfrenta a las entrevistas es ya legendaria, hablando sin tapujos, con una franqueza totalmente “working class” sobre sus excesos (“Me encanta beber. Cuando estoy muy borracha a veces me golpeo, o golpeo a los demás, pero, ¿cuál es el problema?”, “No soy lesbiana, no al menos hasta la segunda copa”), sobre sus experiencias con los hombres (“Me gusta tener a un hombre fuerte a mi lado, no a un maricón. A veces es violento, pero yo también puedo darle una buena ostia si se lo merece”). De momento, cada salida de tono suma, su compañía lo sabe, y es probable que muchos se acerquen a su música atraídos por su personalidad y el eco de sus excesos. Pero nadie se atreve a pronosticar cuanto durará su carrera si sigue prefiriendo frecuentar los callejones oscuros antes que los escenarios o los estudios de grabación. Por el momento, la cancelación de la gira le debe haber costado una buena suma a su compañía de discos. Amy suele destacar a Liza Minelli como una de sus artistas de referencia. Crucemos los dedos para que no siga sus pasos.

J.L. Fernandez, 2007. Publicado originalmente en la revista Popular 1.

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